En puridad, no hay amor homosexual. Lo he leído en una revista banal y creo que es el enunciado de algo más profundo de lo que pudiera suponer la revista. El amor homosexual, entre hombres o entre mujeres, es quizás el amor límite o el amor inverso, en el sentido de que el proceso normal (la mujer con su sombra masculina, el hombre con su sombra femenina) queda invertido. A Baudelaire le fascina en la mujer el hombre posible e imposible. A Proust le fascina en el muchacho la adolescente posible e imposible. El hombre normal —simplifiquemos— intuye momentos masculinos, los más extraños y profundos, en la mujer que ama. El homosexual, empezando el proceso por el otro lado, parte de un hombre para fabricarse una mujer, o parte de un afeminado para fabricarse un macho. Viene a ser lo mismo: en todo caso, un amor distorsionado, y por eso patético, siempre, y por eso maldito (más que por las razones pequeñoburguesas de rechazo social).

El homosexual acecha en su amante momentos femeninos. Y si su amante es muy afeminado, él le forja idealmente una virilidad que no tiene. Lo característico del amor, pues, es una manipulación, una elaboración, un hacer de la prosa otra cosa, como decía el poeta de la poesía. De la prosa del sexo hay que hacer otra cosa. El enamorado bisexual hace de la mujer un mito. El enamorado homosexual hace del hombre una mujer. O se hace a sí mismo mujer, y si es mujer se hace hombre. El transformismo y el travestismo está en la esencia misma del amor, del deseo, del erotismo, que no es sino sexo imaginativo, sexo manipulado. Por eso son tan toscos y groseros los aperos eróticos que nos venden en los barrios porno de Hamburgo o Amsterdam. No por su pequeño cinismo comercial, sino porque materializan una metáfora, y las metáforas no hay que materializarlas. El sex-shop que expende penes artificiales para sáficas ha degradado toda la poesía del safismo, pues este vicio no es sino un ejercicio metafórico por el que una mujer se convierte a sí misma en hombre para desear a otra mujer. Pura y mera imaginación. En cuanto el pene metafórico es sustituido por uno de yeso o de plástico, la metáfora no es que haya sido suplantada, sino que se ha desvanecido. Salvador Dalí probó una vez a hacer realidad las viejas metáforas amatorias. Dientes de perla, labios de rubí. Fabricó unos extraños maniquíes con dientes de perla auténtica y labios de rubí carísimo. Sin duda hizo un gran negocio, como le es propio, pero se cargó la metáfora y no creó nada válido plásticamente. El surrealismo no vivía de imitar metáforas literarias, sino de crearlas con objetos. El paraguas junto a la máquina de coser, sobre la cama de operaciones, tiene un poderoso valor de sugerencia insólita. La señorita de celulosa con perlas en la boca es una estupidez. Del mismo modo que no nos gusta que nos reciten ni nos canten a los grandes poetas (cuanto más valiosa sea la interpretación, peor) porque los grandes poetas no son para recitados, tampoco sus metáforas son para pintadas. Y es lo que ocurre con el sexo. El sexo metafórico que entre dos homosexuales o entre dos lesbianas se forja imaginativamente, en ese límite de luz y sombra que hemos venido viendo como el ápice del erotismo, no puede ser sustituido por un falo o una vagina de sex-shop, porque entonces sobreviene lo grotesco, ya que la imaginación no manipula nunca con objetos. La imaginación sólo trabaja con imaginaciones.

Vale mucho más la mujer plurimembre o imposible de mis siestas desveladas de la juventud, que sólo se resolvía en masturbación, vale mucho más, digo, que todas las muñecas hinchables de la moderna industria porno, porque el tejido de la imaginación es infinitamente más sutil y precioso que el tejido plastificado de la gran industria textil europea. Si al adolescente de hoy se le da la muñeca (que no se le da, afortunadamente), quizás haya encontrado un medio mecánico de resolver su urgencia, pero se ha matado en él, quizá para siempre, la imaginación, que es erotismo, el erotismo, que es siempre imaginativo. Todo el arte nace del Eros, como confirma Marcuse en un famoso y ya olvidado libro.

¿Es, entonces, más lírico el amor homosexual que el amor bisexual, porque exige mayor elaboración imaginativa? No, porque el enamorado bisexual tampoco se conforma con lo que tiene, sino que a partir de su novia o de su vecina elabora otra mujer, ya que al forjar una fantasía erótica se está forjando a sí mismo, y lo que necesita el individuo, sobre todo, en la pubertad y la juventud, es autofabricarse, autoelaborarse, tomando para ello toda clase de materiales y, por supuesto, tomando como pretexto a la mujer ideal o idealizada.

Las grandes épocas de idealización de la mujer, como la Edad Media o el Romanticismo, han sido épocas que se estaban idealizando a sí mismas, que tomaban a la mujer como espejo de su propia perfección deseada. Por eso dije al principio que estas idealizaciones de la mujer fueron pueriles. Porque a lo que se iba era a forjar un ideal de vida, y la mujer era sólo el muñeco sobre el cual colgar todo el revestimiento ideológico, cultural, lírico y místico que se estaba tejiendo. La mujer no es el ideal de la caballería andante. El ideal de la caballería andante no es otro que la propia caballería andante, y la mujer sirve en esto como álter ego, como una silla con la que se dialoga, como el espejo del armario que usa el político para ensayar sus discursos. Los espejos de los armarios suelen estar previamente persuadidos, como las mujeres por otra parte, pero el político, el caballero, el poeta, les habla y les habla, pues realmente se está hablando a sí mismo.

¿Y la mujer sagrada, de que nos ocupábamos más arriba? Hay una voluntaria sacralización del mundo, por parte del hombre, de la cual se beneficia también la mujer, es claro, pero hay una sacralidad más profunda, o más experimentada, que es la que se da, crea, manifiesta o descubre en la relación sexual, cuando uno llega a la ribera de lo realmente otro y se queda tembloroso tocando el enigma de la especie, de las especies. ¿Por qué está el mundo montado sobre este chispazo eléctrico? Ahí está lo sagrado interrogante de la carne femenina.

Dicen que ciertas ratas machos, después del coito, despiden de sí un fluido que rechaza a la hembra recalcitrante o a la nueva hembra. Todo el juego eléctrico de lo sexual ha sido apurado al máximo por Masters y Johnson, recientemente, en Estados Unidos, llegando a medir la intensidad eléctrica que genera un beso o un orgasmo. (Más intensidad el orgasmo que el beso, naturalmente.) Bien, pues todo este juego de fuerzas es el que se toca en el amor, el que se manipula en el erotismo, y la experiencia de lo sagrado, en la mujer y con la mujer, es precisamente la experiencia de que no somos sagrados: de que somos electricidad, química y hasta un poco de lírica.

Una sexualidad sin erotismo, que es la más corriente, puede sustituir la metáfora por la cosa sin mayor trauma (o sin advertir el trauma, que de todos modos se opera en lo más íntimo, generando insatisfacción). Un hombre de sexualidad decadente, por razones de edad o cualesquiera otras, puede recurrir a diversas ortopedias sexuales sin que sufra eso que banalmente llamaríamos su sensibilidad. Una sexualidad sin erotismo puede recurrir a la muñeca de goma, a la prostituta o a cualquier otro procedimiento vicario. Una sexualidad erotizada, madura, fantaseante, creativa, imaginadora, lírica, con sentido de lo sagrado, no puede salir jamás de la imaginación y se siente más rica con sus fantasías, fantasías que no suponen soledad, sino que se multiplican con la compañía. A partir de una mujer real que me ama o me desea, puedo transformar el mundo. A partir de una muñeca de goma o de una prostituta urgente sólo puedo dar un orgasmo. La relación sexual es generadora de metáforas (de signos, diría Delleuze), pero la relación mecánica, convencional o rutinaria no genera nada, es metafóricamente muy pobre, incluso nula, no sólo por su misma limitación, sino porque al sustituir la metáfora, la mata. Si no tengo una mujer, tengo la metáfora de una mujer: el erotismo solitario. Si tengo una mujer, tengo la posibilidad de transformarla en otra mujer, de metaforizarla constantemente. Pero si en lugar de la metáfora imaginativa tengo una metáfora real (muñeca o prostituta) es indudable que mi metaforización se ha secado: me la han obturado. Ya no tengo la mujer ni la metáfora.

Llegaron a fabricar unas muñecas con el rostro y el cuerpo de Brigitte Bardot. Me parece que eran para la marina, para no sé qué marina. (Creo que la artista, incluso, se querelló.) Yo no tengo a Brigitte Bardot, pero tampoco quiero la muñeca. Yo tenso mi Brigitte Bardot imaginativa, mi metáfora de Brigitte Bardot, que vale más que la muñeca, por supuesto, y no diré más que Brigitte Bardot, pero sí que si me dieran a Brigitte Bardot, en seguida la transformaría en otra cosa, no por insatisfacción, claro (como se dice tontamente de los imaginativos) sino porque Brigitte Bardot —o sea la realidad, el mundo, la vida, la prosa— está para eso: para hacer otra realidad, otro mundo, otra vida, otra Brigitte Bardot. ¿Mejor o peor que la real?, preguntaría el ingenuo. Ni mejor ni peor. Lo que cuenta es el proceso.

De todo esto se deduce el carácter frenéticamente imaginativo, fabulador, patético, de los amores desviados, de la sexualidad pervertida, que necesita imaginar lo contrario de lo que tiene, o ganar lo que tiene a partir de lo que imagina. La homosexualidad y toda clase de sexualidad heterodoxa, por decirlo de alguna forma, es un proceso metaforizante en delirio, y por eso nunca da amores vulgares, rutinarios, mediocres: porque está obligada a trabajar a mayor presión fabuladora. Por eso, asimismo, ha dado tanta literatura escrita por sus protagonistas. Es literaria en sí misma.