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Colonias Lejanas (Roc, en tránsito) 3172

—¿Qué?

Sebastian cruzó la alfombra azul, frotándose el antebrazo. La unidad médica de la nave le había reparado el codo fracturado en cuarenta y cinco segundos, y había demorado un poco menos con las heridas más pequeñas y brillantes. Cuando le presentaron aquella cosa negra con un pulmón maltrecho y tres costillas rotas, unas cuantas luces de colores parpadearon un rato. Pero Tyy había tocado las perillas del programador hasta que la máquina zumbó eficientemente sobre la bestia. Ahora la criatura se bamboleaba detrás de su amo, siniestra y feliz.

—Ratón ¿por qué a la unidad médica de la nave tu garganta arreglar no dejas? —Balanceó el brazo—. Un buen trabajo haría.

—No se puede. Lo intentaron un par de veces cuando yo era pequeño. También cuando me pusieron los enchufes. —El Ratón se encogió de hombros.

Sebastian frunció el ceño.

—Entonces muy grave no parece.

—No lo es —dijo el Ratón—. A mí no me molesta. No lo pueden arreglar. Algo de con-no-sé-qué neurológica.

—¿Qué eso es?

El Ratón mostró las palmas de las manos.

—Congruencia neurológica —dijo Katin—. Tus cuerdas vocales sueltas serían un defecto congénito necrológicamente congruente.

—Sí, eso era lo que decían.

—Dos tipos de defectos congénitos —explicó Katin—. En ambos, alguna parte del cuerpo interna o externa está deformada, atrofiada, o simplemente mal articulada.

—Yo tengo todas mis cuerdas vocales.

—Pero en la base del cerebro hay un pequeño manojo de nervios que si lo ves en un corte transversal reproduce poco más o menos la plantilla de un ser humano. Si esa plantilla está completa, el equipo nervioso del cerebro puede manejar un cuerpo intacto. Rara vez la plantilla tiene la misma deformidad que el cuerpo, como en el caso del Ratón. Aun cuando el defecto físico sea corregido, no hay en el cerebro conexiones nerviosas para manipular esa parte corregida.

—Eso ha de ser lo que le pasa al brazo de Prince —dijo el Ratón—. Si lo hubiese perdido en un accidente o algo así, le podrían haber injertado otro, conectando las venas y los nervios y todo lo demás y habría quedado como nuevo.

—Oh —dijo Sebastian.

Lynceos bajó por la rampa. Los dedos blancos masajeaban las protuberancias marfilinas de las muñecas.

—La verdad es que el Capitán está haciendo un vuelo muy extravagante…

Idas fue hasta el borde del estanque.

—Esa estrella a la que se dirige ¿dónde está…?

—… las coordenadas la sitúan en la punta del brazo interno…

—… de las Colonias Lejanas o sea…

—… aun más allá de las Colonias de los Confines.

—Ése un largo vuelo es —dijo Sebastian—. Y el Capitán todo el camino él solo pilotear quiere.

—El Capitán tiene muchas cosas en que pensar —sugirió Katin.

El Ratón deslizó la correa sobre el hombro.

—Y también muchas cosas en que no pensar. Oye, Katin, ¿qué hay de esa partida de ajedrez?

—Te cedo una torre —le dijo Katin—. Juego limpio.

Se sentaron frente el tablero.

Después de tres partidas, la voz de Von Ray resonó en el salón.

—Todos a las cabinas de proyección. Se acercan algunas contracorrientes bastante peligrosas.

El Ratón y Katin saltaron de las sillas-burbujas. Katin galopó hacia la puerta pequeña detrás de la escalera de caracol. El Ratón corrió por la alfombra, subió los tres escalones. Un panel de espejos se deslizó en la pared. El Ratón saltó por encima de una caja de herramientas, un rollo de cable, tres carretes del banco de memoria inutilizados por congelación (que al volver a derretirse habían dejado manchas salinas en las planchas) y se sentó en la cucheta. Sacudió los cables y se los enchufó.

Olga, desde arriba, abajo y alrededor, le hacía guiñadas solícitas.

Contracorrientes: puñados de lentejuelas rojas y plateadas.

El Capitán los llevaba corriente arriba.

—Ha de haber sido un gran corredor de regatas, Capitán —comentó Katin—. ¿Qué categoría de yate piloteaba? En la universidad había un club de regatas y tres yates para los estudiantes. En una oportunidad pensé dedicarme a eso todo un semestre.

—Cállate y asegura tu pala.

Aquí, en lo profundo de la espiral de la galaxia, había menos estrellas. Aquí, las transiciones gravimétricas eran más paulatinas. En los vuelos por los centros galácticos, donde la condensación de la corriente era mayor, había que orientarse entre una docena de frecuencias contradictorias. Aquí, un capitán tenía que seguir las estelas casi imperceptibles de las inflexiones iónicas.

—¿Adónde vamos, en todo caso? —preguntó el Ratón.

Lorq marcó unas coordenadas sobre la matriz estática y el Ratón las comparó con la matriz móvil.

¿Dónde estaba la estrella?

Tomemos conceptos como «distante», «aislada», «débil», y asignémosles una expresión matemática precisa. Así articuladas, se desvanecerán.

Pero un instante antes de desvanecerse, estarán allí.

—Mi estrella. —Lorq apartó las palas para que pudieran verla—. Ése es mi sol. Ésa es mi nova, con una luz de ochocientos años de edad. Mírala fijo, Ratón, y sitúala bien. Si te atolondras y tu palo me oculta ese sol por un solo segundo…

—¡Vamos, Capitán!

—… te meteré por el gargüero el mazo de Tyy, a lo ancho. Vira.

Y el Ratón viró mientras la noche entera giraba alrededor de su cabeza.

—Los capitanes de aquí —masculló Lorq cuando las corrientes se dispersaron—, no saben cómo surcar las mareas tortuosas de una constelación del tipo de las Pléyades. Las naves pierden el rumbo, giran sobre sí mismas, se meten de cabeza en toda clase de dificultades. La mitad de los accidentes conocidos fueron causados por capitanes excéntricos. En una ocasión conversé con algunos de ellos. Me dijeron que aquí, en los confines, eran nuestras naves las que avanzaban girando como peonzas. «Siempre se quedan dormidos sobre las cuerdas», me dijeron. —Se echó a reír.

—Hace mucho tiempo que está pilotando, Capitán —dijo Katin—. Ahora todo parece bastante tranquilo. ¿Por qué no se desenchufa un rato?

—Tengo ganas de meter los dedos en el éter y aguantar otra guardia. Tú y el Ratón manteneos atados. El resto de las marionetas puede cortar las cuerdas.

Las palas se replegaron hasta que cada una de ellas fue un simple haz de luz. Y la luz se apagó.

—Oh, Capitán Von Ray, algo…

—… algo queríamos preguntarle…

—… antes. Tiene un poco más…

—… ¿puede decirnos dónde puso…

—… quiero decir si no tiene inconveniente, Capitán…

—… el éxtasis?

La noche crecía apacible alrededor de los ojos de los tripulantes. Las palas los llevaban a toda velocidad hacia el diminuto orificio de la máscara de terciopelo.

—Tienen que pasarlo bastante bien allá en las minas de Tubman —comentó el Ratón al cabo de un momento—. He estado pensando en eso, Katin. Cuando el Capitán y yo vagabundeábamos por Oro en busca de éxtasis, hubo unos nombres que quisieron engancharnos para trabajar allí. Yo me puse a pensar, sabes: un enchufe es un enchufe, y si yo estoy en uno de los extremos, no cambia mucho las cosas que en el otro haya una pala de navegación, una red para la pesca de acualates, o un cortafrío. Creo que podría ir allí por algún tiempo.

—Que el espíritu de Ashton Clark revolotee sobre tu hombro derecho y proteja tu izquierdo.

—Gracias. —Y luego de otra pausa, preguntó—: Katin, ¿por qué siempre invocamos a Ashton Clark cada vez que alguien piensa en cambiar de trabajo? Allá en Cooper nos dijeron que el hombre que inventó los acoples se llamaba Toma o algo parecido.

—Thomas —dijo Katin—. Con todo, tiene que haberle parecido una desgraciada coincidencia. Ashton Clark fue un filósofo cum psicólogo del siglo XXIII cuya obra permitió a Vladimir Thomas la invención de los enchufes neurales. Se me ocurre que la explicación tiene que ver con el trabajo. El trabajo, tal como la humanidad lo conoció hasta Clark y Thomas era muy diferente de lo que es hoy, Ratón. Un hombre iba a una oficina y manejaba una computadora que relacionaba cantidades monumentales de cifras: ventas de botones, digamos, o algo igualmente arcaico, en ciertas áreas del país. El trabajo de este hombre era vital para la industria botonera: necesitaban esa información para determinar cuántos botones debían fabricar al año siguiente. Pero aunque este hombre cumplía una tarea esencial para la industria botonera, y era contratado, pagado o despedido por la industria botonera, podía pasar semanas y semanas sin ver un botón. Se le pagaba cierta suma de dinero por manejar una computadora; con ese dinero su mujer compraba alimentos y ropas para él y su familia. Pero no había ninguna relación directa entre su trabajo y la forma en que comía y vivía el resto del tiempo. No se le pagaba con botones. A medida que la agricultura, la caza y la pesca se convertían en la ocupación de un porcentaje cada vez más reducido de la población, esta brecha entre el trabajo del hombre y su forma de vida (lo que comía, lo que vestía, donde dormía) se fue ensanchando cada vez más y afectando a un mayor número de personas. Ashton Clark señaló lo psicológicamente perjudicial que era esto para la humanidad. Todo el sentido de autodominio y responsabilidad personal que el hombre adquiriera durante la Revolución Neolítica, cuando aprendió por primera vez a cultivar los cereales, a domesticar animales y a afincarse en un lugar elegido se veía seriamente amenazado. El peligro hizo su aparición con la Revolución Industrial y ya mucha gente antes de Ashton Clark lo había señalado. Pero Ashton Clark avanzó un paso más. Si la naturaleza de una sociedad tecnológica era tal que no podía haber entre el trabajo del hombre y su modus vivendi otra relación directa que la monetaria, el hombre tenía que saber al menos que estaba cambiando las cosas, directamente gracias a su trabajo, configurando cosas, haciendo cosas que antes no existían, trasladando cosas de un lado a otro. Ponía energía en su trabajo y era necesario que esos cambios se produjeran ante sus propios ojos. De lo contrario la vida le parecería completamente fútil.

»De haber vivido cien años más de una u otra forma, probablemente hoy nadie habría oído hablar de Ashton Clark. Pero la tecnología había llegado a un punto en que podía sacar algún partido de lo que Ashton Clark predicaba. Thomas inventó sus enchufes y tomas y los circuitos de respuesta neural, y toda la tecnología básica en virtud de la cual una máquina podía ser controlada por impulsos nerviosos directos, esos mismos impulsos que movilizan la mano o el pie. Y hubo una revolución en el concepto del trabajo. Todos los procesos industriales importantes fueron fragmentados en tareas que podían ser manejadas “directamente” por el hombre. Antes había fábricas enteras operadas por un solo hombre, un individuo no comprometido que abría un interruptor a la mañana, dormía la mitad del día, verificaba unos pocos controles al mediodía y a la tarde desconectaba todo antes de retirarse. A partir de entonces, un hombre iba a una fábrica, se enchufaba y podía empujar la materia prima al interior de la fábrica con el pie izquierdo, tornear con una mano miles y miles de piezas de precisión, ensamblarlas con la otra mano, y despachar con el pie derecho toda una cadena de productos terminados, que había inspeccionado uno por uno con sus propios ojos. Y era un trabajador mucho más satisfecho. La naturaleza de la mayor parte de los trabajos permitió que pudieran ser adaptados a este sistema de enchufes y ser ejecutados en forma mucho más eficiente que hasta entonces. En los contados casos en que la producción era apenas menos eficiente, Clark puntualizaba los beneficios psicológicos. Ashton Clark, se ha dicho, fue el filósofo que devolvió humanidad al trabajador. Bajo este sistema, muchas de las enfermedades mentales epidémicas causadas por la alienación en el trabajo fueron erradicadas. La transformación convirtió a la guerra de una rareza en un imposible, y luego de la conmoción inicial estabilizó la trama económica de los mundos en los últimos ochocientos años. Ashton Clark se convirtió en el profeta de los trabajadores. Por eso, aún hoy, cuando una persona está por cambiar de trabajo, invoca a Ashton Clark o a su espíritu para que lo acompañe.

El Ratón escudriñó las estrellas.

—Recuerdo que algunas veces los gitanos maldecían en su nombre. —Pensó un momento—. Sin enchufes, también nosotros lo haríamos, me imagino.

—Hubo facciones que se resistieron a las ideas de Clark, especialmente en Tierra, que siempre ha sido un poco reaccionaria. Pero no duraron mucho.

—Síííí… —dijo el Ratón—. Apenas ochocientos años. No todos los gitanos son traidores como yo. —Pero su risa se la llevó el viento.

—En mi opinión el sistema Ashton Clark tiene un solo inconveniente grave. Y ha tardado mucho en aparecer.

—¿Sí? ¿Cuál es?

—Algo que los profesores les vienen repitiendo a los estudiantes desde hace años, parece. Lo oirás por lo menos una vez en todas las reuniones intelectuales a las que asistas. Parece que se notara hoy una cierta falta de solidez cultural. Eso es lo que la República de Vega intentó rescatar en 2800. A causa de la comodidad y satisfacción con que hoy la gente puede trabajar, en el lugar que quiera, ha habido tantas migraciones de un mundo a otro que en las últimas diez generaciones la sociedad se ha resquebrajado por dentro. No hay nada más que una sociedad interplanetaria chabacana y prostituida sin una verdadera tradición que la sustente… —Katin hizo una pausa—. Antes de enchufarme me conseguí un poco del éxtasis del Capitán. Y mientras hablaba contaba mentalmente a cuánta gente le he oído decir eso entre Harvard e Infierno-3. ¿Y quieres que te diga una cosa? Creo que están equivocados.

—¿Equivocados?

—Equivocados. Todos ellos se limitan a buscar nuestras tradiciones sociales en el lugar equivocado. Hay tradiciones culturales que han madurado a lo largo de los siglos, y que sin embargo culminan ahora en algo vital y exclusivamente actual. ¿Y sabes quién encarna esa tradición más que ningún otro que yo haya conocido?

—¿El Capitán?

—Tú, Ratón.

—¿Mm?

—Tú recolectaste los ornamentos que recibimos de una docena de sociedades a través de los tiempos, y los incorporaste a tu propia naturaleza. Eres el producto de esas tensiones que entraron en crisis en los tiempos de Clark y las resuelves en tu siringa con pautas eminentemente actuales…

—Oh, por favor, Katin.

—He estado persiguiendo para mi obra un tema que tuviese a la vez significación histórica y humana. Tú eres mi tema, Ratón. ¡Mi libro sería tu biografía! Contaría dónde has estado, lo que has hecho, las cosas que has visto, y las cosas que has enseñado a otra gente. Allí está mi significación social, mi justificación histórica, la chispa entre los eslabones que ilumina la red en su totalidad…

—¡Katin, estás loco!

—No, no lo estoy. Por fin he visto lo que tengo…

—Eh, vosotros, mantened tensas las palas.

—Perdón, Capitán.

—Sí, Capitán.

—No vayáis parloteando a las estrellas si lo vais a hacer con los ojos cerrados.

De mala gana los dos acoples-ciborg volvieron a prestar atención a la noche. El Ratón, pensativo. Katin, belicoso.

—Una estrella brillante y ardiente se aproxima. Es lo único que se ve en el cielo. Recordad. Mantenedla fija en la mira y no permitáis que se mueva de ahí un solo milímetro. Ya tendréis tiempo de divagar acerca de la solidez cultural en vuestros ratos libres.

Sin horizonte, la estrella ascendió.

A veinte veces la distancia del Sol a Tierra (o de Ark a su sol), una estrella mediana del tipo G no emitía luz suficiente para defractar el día a través de una atmósfera de tipo terrestre. A semejantes distancias, hasta el objeto más brillante de la noche parecería siempre una estrella, no un sol; una estrella muy brillante.

Ahora se encontraban a una distancia de tres mil millones de kilómetros, o a un poco más de veinte distancias solares.

Era la estrella más brillante.

—Una belleza ¿eh?

—No, Ratón —dijo Lorq—. Nada más que una estrella.

—¿Cómo sabe…

—… que va a entrar en nova?

—Por la acumulación de sustancias pesadas en la superficie —explicó Lorq a los mellizos—. Un enrojecimiento apenas perceptible del color absoluto, que corresponde al enfriamiento apenas perceptible de la temperatura de superficie. También una ligera aceleración en la actividad de las manchas solares.

—Sin embargo, desde la superficie de uno de sus planetas no habría forma de saberlo.

—Dices bien. El enrojecimiento es demasiado leve para que se lo pueda detectar a simple vista. Afortunadamente esta estrella no tiene planetas. Hay algunos desechos del tamaño de una luna flotando un poco más cerca que acaso sean el fallido intento de un mundo.

—¿Lunas? ¡Lunas! —objetó Katin—. No puede haber lunas sin planetas. ¡Planetoides tal vez, pero no lunas!

Lorq se echó a reír.

—Del tamaño de una luna fue lo que dije.

—Oh.

Todas las palas habían sido utilizadas para lanzar al Roc en órbita alrededor de la estrella, una órbita de tres mil millones de kilómetros de radio Katin, acostado en la cabina proyectora, no se decidía a abandonar la observación de la estrella y volverse a las luces de la cabina.

—¿Qué pasa con las estaciones investigadoras enviadas por el Alkane?

—Navegan tan a la deriva y tan solitarias como nosotros. Ya tendremos noticias de ellas. Pero por ahora no las necesitamos, ni ellas nos necesitan. Gyana les avisó que veníamos. Las situaré en la matriz móvil. De este modo podréis controlar las posiciones y los movimientos. Ésa es la principal estación tripulada por hombres. Está a una distancia cincuenta veces mayor que la nuestra.

—¿Estaremos dentro de la zona de peligro cuando estalle?

—Cuando entre en nova, esa estrella devorará el cielo y todo cuanto hay en él en muchos millones de kilómetros a la redonda.

—¿Cuándo empieza?

—Días, predijo Cyana. Pero se sabe que esas predicciones pueden adelantarse o retrasarse en unas dos semanas. Tendremos unos pocos minutos de tiempo para ponernos a salvo, si entra en nova. Ahora estamos a una distancia luz de dos horas y media de la estrella.

Las imágenes no les llegaban a través de la luz, sino por las perturbaciones del éter, que proporcionaban una visión sincrónica del sol.

—La veremos entrar en nova en el preciso instante en que se inicie el proceso.

—¿Y el ilirión? —preguntó Sebastian—. ¿Cómo lo conseguimos?

—Eso es cosa mía —le respondió Lorq—. Lo conseguiremos cuando llegue el momento. Ahora todos pueden desconectarse por un rato.

Pero ninguno se apresuró a desprenderse de los cables. Las palas disminuyeron hasta convertirse en simples líneas luminosas, pero sólo al cabo de un rato dos, y luego otras dos, se apagaron del todo.

Katin y el Ratón fueron los más rezagados.

—¿Capitán? —preguntó Katin al cabo de algunos minutos—. Estaba pensando. ¿Dijo algo especial la patrulla cuando comunicó el… accidente de Dan?

Transcurrió casi un minuto antes de que Lorq respondiese:

—No lo comuniqué.

—Oh —dijo Katin—. A decir verdad no pensé que lo hubiera hecho.

El Ratón empezó a decir «Pero» tres veces, y no dijo nada.

—Prince tiene acceso a todos los informes oficiales emitidos por la patrulla de Draco. O al menos así lo creo. Yo mismo tengo un computador que selecciona todas las emisiones de las Pléyades. El de Prince está seguramente programado para rastrear cualquier cosa vagamente relacionada conmigo. Si rastreara a Dan, encontraría una nova. Yo no quiero que la encuentre de ese modo. Preferiría que no supiera que Dan ha muerto. Las únicas personas que lo saben están en esta nave, creo. Lo prefiero así.

—¡Capitán!

—¿Qué, Ratón?

—Algo se acerca.

—¿Una nave de abastecimiento para la estación? —preguntó Katin.

—Parece demasiado lejana. Está husmeando nuestro polvillo feérico.

Lorq permaneció callado mientras la extraña nave recorría la matriz de las coordenadas.

—Desconectaos. Luego nos reuniremos en el salón.

—Pero, Capitán… —dijo el Ratón al fin.

—Es un carguero de siete palas parecido a éste, sólo que su identificación dice Draco.

—¿Qué estará haciendo aquí?

—Al salón, dije.

Katin leyó el nombre de la nave cuando el haz de identificación iluminó la base de la rejilla.

—¿La Cacatúa Negra? Vamos, Ratón. El Capitán nos ordenó que nos soltáramos. Se desenchufaron y se reunieron con los demás a la orilla del estanque.

En lo alto de la escalera de caracol, la puerta se deslizó. Lorq apareció en la escalera ensombrecida.

El Ratón observó a Von Ray mientras descendía, y pensó: el Capitán está cansado.

Katin observó a Von Ray y la imagen de Von Ray reflejada en los mosaicos y pensó: sus movimientos denuncian cansancio, pero es el cansancio de un atleta antes de recobrar el aliento.

Cuando Lorq estaba a mitad de camino, la fantasía lumínica en el marco dorado de la pared más distante desapareció de pronto.

Todos se sobresaltaron. El Ratón hasta boqueó.

—Ajá —dijo Ruby—. Casi un empate. ¿O no? Todavía nos llevas la delantera. No sabemos dónde piensas encontrar el premio. Ésta es una carrera por etapas. —La mirada azul observó a los tripulantes, se demoró en el Ratón, volvió a Lorq—. Hasta anoche en Taafite nunca había sentido tanto dolor. Quizá he tenido una vida demasiado protegida. Pero cualesquiera que sean las reglas, hermoso Capitán —ahora había desprecio en su voz—, también a nosotros nos han enseñado a jugar.

—Ruby, quiero hablar contigo… —A Lorq le tembló la voz—. Y con Prince. En persona.

—No estoy segura de que Prince quiera hablar contigo. Las horas pasadas desde que nos abandonaste al borde de Oro hasta el momento en que conseguimos arrastrarnos a una unidad médica no es uno de mis… de nuestros recuerdos más placenteros.

—Anúnciale a Prince que voy a ir a La Cacatúa Negra. Estoy cansado de este cuento de horror, Ruby. Hay cosas de mí que vosotros queréis saber. Hay cosas que yo quiero deciros.

La mano de Ruby se movió nerviosamente hacia el cabello que le caía sobre el hombro. La capa oscura remataba en un cuello alto. Luego de un momento dijo:

—Muy bien. —Y desapareció.

Lorq miró desde lo alto a los tripulantes.

—Lo habéis oído. Volved a las palas. Tyy, he notado la forma en que mueves tus cuerdas. Tú eres sin duda quien tiene más experiencia de vuelo de todos los que están aquí. Encárgate de las tomas del Capitán. Y si algo raro sucede, lo que sea, que yo regrese o no, saca el Roc de aquí, a toda marcha.

El Ratón y Katin se miraron, luego miraron a Tyy.

Lorq cruzó la alfombra y subió por la rampa. A mitad de camino de la arcada blanca se detuvo y se miró en las aguas del estanque. Luego escupió.

Antes de que las ondas tocaran la orilla había desaparecido.

Intercambiando miradas sorprendidas, los tripulantes se retiraron del estanque.

Colonias Lejanas (Cacatúa Negra, en tránsito), 3172

En su cucheta, Katin se enchufó y sintonizó el alimentador sensorio fuera de la nave, para descubrir que los otros ya lo habían hecho.

Vio a La Cacatúa Negra que flotaba hacia la nave para recibir al chinchorro.

—¿Ratón?

—Sí, Katin.

—Estoy preocupado.

—¿Por el Capitán?

—Por nosotros.

La Cacatúa Negra, agitando las palas en la oscuridad, giró lentamente junto a ellos entrando en una órbita paralela.

—Íbamos a la deriva, Ratón, tú y yo, los mellizos, Tyy y Sebastian, todos buena gente… pero sin una meta. Entonces un hombre obsesionado por una idea nos atrapa y nos trae aquí, al filo de la nada. Y al llegar aquí descubrimos que la obsesión de este hombre ha impuesto un orden a nuestra desorientación; o quizá un caos con más sentido. Lo que me preocupa es que se lo agradezca tanto. Tendría que rebelarme, tratar de afirmar mi propio orden. Pero no. Quiero que gane esa carrera infernal. Quiero que gane, y hasta que gane o pierda, no puedo ambicionar seriamente ninguna otra cosa para mí mismo.

La Cacatúa Negra recibió al chinchorro como si fuese un cañonazo disparado al revés. Sin necesidad ahora de mantenerse en la misma órbita, se alejó de ellos a la deriva. Katin observó los giros sombríos de la nave.

—Buen día.

—Buenas noches.

—Según la hora de Greenwich es de mañana, Ruby.

—Y yo tengo la amabilidad de saludarte según la hora de Ark. Ven por aquí. —Se recogió la túnica y lo hizo pasar al corredor negro.

—¿Ruby?

—¿Sí? —La voz de ella sonó pegada al hombro izquierdo de Lorq.

—Siempre me he preguntado algo, cada vez que te veo. Me has mostrado tantas veces lo magnífica que eres. Pero centelleas bajo la sombra que proyecta Prince. Años atrás, cuando conversamos en aquella fiesta junto al Sena, creí ver de pronto lo maravilloso que sería amar a alguien como tú.

—París está a mundos y mundos de distancia, Lorq.

—Prince te domina. Te parecerá mezquino de mi parte, pero es lo que menos le perdono. Nunca has decidido por tu cuenta delante de él. Excepto en Taafite, aquella vez bajo el sol exhausto del otro mundo. Tú creías que Prince estaba muerto. Sé que lo recuerdas. Desde entonces casi no he pensado en otra cosa. Me besaste. Pero él gritó, y tú corriste a él. Ruby, Prince está tratando de destruir la Federación de las Pléyades. Es decir todos los mundos que circundan trescientos soles, y no sé cuántos miles de millones de personas. Son mis mundos. No puedo dejarlos morir.

—¿Tú derribarías las columnas de Draco y permitirías que la Serpiente reptase en el polvo para salvarlos? ¿Destruirías la economía terrestre y dejarías caer los fragmentos en la noche? ¿Hundirías a los mundos de Draco en eras de caos, guerra civil y miseria? Los mundos de Draco son los mundos de Prince. ¿Eres en verdad tan presuntuoso que piensas que él ama a sus mundos menos que tú a los tuyos?

—¿Qué amas tú, Ruby?

—Tú no eres el único que tiene secretos, Lorq. Prince y yo tenemos los nuestros. Cuando apareciste entre las rocas ardientes, sí, pensé que Prince estaba muerto. Yo tenía en la boca un diente hueco lleno de estricnina. Quería darte el beso triunfal, y lo habría hecho, si Prince no hubiese gritado.

—¿Prince ama a Draco? —Lorq giró rápidamente, la tomó por los antebrazos, la arrastró hacia él.

La respiración anhelante de Ruby le golpeó el pecho. Con los ojos abiertos, las caras se encontraron.

Los labios gruesos de Lorq apretaron la boca delicada hasta abrirle los labios y explorarle los dientes con la lengua.

Los dedos de Ruby se prendieron como garras al cabello áspero de Lorq. Unos ruidos desagradables le brotaban de la boca.

Tan pronto como Lorq aflojó la presión de las manos, ella se separó, los ojos muy abiertos; luego los párpados velaron la luz azul hasta que la furia volvió a abrirlos.

—¿Y bien? —Lorq respiraba con dificultad.

Ella se arrebujó en la capa.

—Cuando un arma me falla una vez —la voz era tan ronca como la del Ratón— la tiro. De lo contrario, hermoso pirata, tú… —¿Se había atenuado la aspereza?— Tú y yo estaríamos… Pero tengo otras armas ahora.

El salón de La Cacatúa era pequeño y desnudo. Había dos acoples-ciborg sentados en los bancos. Otro estaba de pie en los escalones junto a la puerta de la cabina proyectora.

Hombres de facciones marcadas, con uniformes blancos, a Lorq le recordaron otra tripulación que había conocido. En los hombros lucían la insignia escarlata de Transportes Red Ltda. Miraron de reojo a Lorq y a Ruby. El que estaba de pie entró en su cabina y la puerta metálica retumbó en el salón alto. Los otros dos se levantaron para retirarse.

—¿Prince bajará?

Ruby le señaló con un movimiento de cabeza la escalera de hierro.

—Te verá en el camarote del capitán.

Lorq empezó a subir. Las sandalias resonaron en los escalones perforados. Ruby lo siguió.

Lorq llamó a la puerta tachonada.

Se abrió hacia adentro. Lorq entró, y un guantelete de metal y plástico en el extremo de un brazo telescópico descendió del cielo raso y le abofeteó la cara dos veces.

Lorq trastabilló contra la puerta, interiormente tapizada en cuero y con tachas de bronce, cerrándola de golpe.

—Esto —anunció el cadáver—, por maltratar a mi hermana.

Lorq se frotó la mejilla y miró a Ruby. Estaba de pie junto a la pared de jade. Las cenefas eran de color vino, como la capa.

—¿Crees que no vigilo lo que ocurre a bordo de mi nave? —preguntó el cadáver—. Vosotros, los bárbaros de las Pléyades, sois tan salvajes como decía Aarón.

Las burbujas que se formaban en el fondo del tanque le acariciaban el pie desnudo y descarnado, se adherían en racimos a la ingle enflaquecida, le trepaban por el pecho —las costillas marcadas entre jirones de piel negra— y se desplegaban en abanico alrededor de la calva quemada. La boca sin labios se abría sobre los dientes rotos. No tenía nariz. Tubos y cables serpenteaban por los enchufes putrefactos. Los tubos perforaban el vientre, la cadera y el hombro. Los fluidos se arremolinaban en el tanque y el brazo único flotaba a la deriva, los dedos carbonizados crispados en una garra tiesa.

—¿Nunca te dijeron que era mala educación mirar fijo? Me estás mirando fijo ¿sabes?

La voz salía de un parlante en la pared de cristal.

—Temo haberme deteriorado un poco más que Ruby allá en el otro mundo.

Por encima del tanque dos cámaras móviles cambiaron de posición cuando Lorq se separó de la puerta.

—Para alguien que es dueño de Transportes Red Ltda. tu entrada en órbita no fue muy…

El comentario trivial no disimuló el asombro de Lorq.

Los cables para gobernar la nave estaban enchufados en tomas empotrados en la cara de vidrio del tanque. El vidrio mismo formaba parte de la pared. Los cables se enroscaban sobre los azulejos negros y dorados para desaparecer en la rejilla cobriza que cubría el frente de la computadora.

En las paredes, el piso y el cielo raso, en marcos suntuosos, las pantallas de perturbaciones del éter mostraban todas el mismo rostro de la noche: En el borde de cada una se veía la silueta gris del Roc.

En el centro mismo de cada pantalla estaba la estrella.

—Desgraciadamente —dijo el cadáver—, nunca fui un deportista como tú. Sin embargo, tú quisiste hablar conmigo. ¿Qué tienes que decir?

Lorq volvió a mirar a Ruby.

—Ya se lo he dicho casi todo a Ruby, Prince. Tú lo oíste.

—No sé por qué, pero dudo que nos hayas arrastrado aquí a los dos, al borde mismo de una catástrofe estelar, para no decirnos más que eso. Ilirión, Lorq Von Ray. Ni tú ni yo hemos olvidado el motivo que te trajo aquí. No te irás sin decirnos dónde te propones conseguir…

La estrella entró en nova.

Lo inevitable es lo imprevisible.

En el primer segundo las imágenes que los rodeaban cambiaron de puntos a torrentes de luz. Y esos torrentes de luz eran cada vez más brillantes.

Ruby retrocedió contra la pared, un brazo sobre los ojos.

—¡Se adelantó! —gritó el cadáver—. ¡Se adelantó en varios días…!

Lorq dio tres pasos a través de la habitación, arrancó dos enchufes del tanque y se los puso en las muñecas. El tercer enchufe lo insertó en la toma espinal. Todas las funciones de la nave irrumpieron en él, junto con la alimentación sensoria. La visión del recinto fue desplazada por la noche. Y la noche se incendiaba.

Arrebatando el gobierno de la nave a los acoples, hizo girar a La Cacatúa en redondo para apuntarla hacia el nódulo de luz.

La nave se zambulló hacia adelante.

Dos cámaras gemelas rotaron para enfocar a Lorq.

—Lorq ¿qué estás haciendo? —gritó Ruby.

—¡Detenlo! —la voz del cadáver—. ¡Nos lleva hacia el sol!

Ruby saltó sobre Lorq, lo sujetó. Giraron unidos, tambaleantes. El camarote y el sol de allá afuera se clavaba en los ojos de Lorq como una doble exposición. Ruby se apoderó de un lazo de cable, lo arrojó al cuello de Lorq, lo retorció, y trató de estrangularlo. Lorq le rodeó la espalda con un brazo, y con la otra mano le empujó la cara. Ruby gimió, y la cabeza le cayó hacia atrás (la mano de Lorq empujaba en el centro de la luz). El cabello de Ruby resbaló, se soltó; la peluca se desprendió mostrando el cráneo quemado. La piel plástica con que se había cubierto la cara se rasgó entre los dedos de Lorq. Una película gomosa se le desprendió de la mejilla manchada y descarnada. Lorq retiró bruscamente la mano. Mientras la devastada cara de Ruby le gritaba a través del fuego, se libró de las garras que le atenaceaban el cuello y apartó a Ruby de un empujón. Ruby retrocedió, se pisó la capa, cayó. Lorq se volvió en el momento preciso en que la mano mecánica descendía del cielo raso para atacarlo.

La alcanzó en el aire.

Y su fuerza era inferior a la de un hombre.

La mantuvo sin dificultad a una brazada de distancia mientras los dedos trataban de aferrarlo desde la estrella incandescente.

—¡Basta! —rugió. Al mismo tiempo apagó la alimentación sensoria en toda la nave.

Las pantallas se agrisaron.

La alimentación sensoria de los seis acoples-ciborg de la nave ya había sido interrumpida.

En los ojos de Lorq se apagaron los fuegos.

—En nombre del cielo, Lorq ¿qué te propones hacer?

—¡Zambullirme en el infierno y pescar el ilirión con las manos desnudas!

—¡Está loco! —chilló el cadáver—. ¡Ruby, está loco! ¡Nos está matando, Ruby! ¡Eso es todo lo que quiere hacer, matarnos!

—¡Sí! ¡Los estoy matando!

Empujó y apretó la mano mecánica. El brazo buscó el cable que colgaba de la muñeca de Lorq. Lorq volvió a aprisionar la mano. La nave se sacudió.

—¡Por amor de Dios, Lorq, sácanos de aquí! —aulló el cadáver—. ¡Sácanos de aquí!

La nave volvió a sacudirse. La gravedad artificial cedió el tiempo suficiente como para que el líquido rompiera en olas contra el frente del tanque; luego, cuando la gravedad volvió a normalizarse, se extendió en perlas sobre el cristal.

—Demasiado tarde —murmuró Lorq—. Estamos atrapados en el tirabuzón de la gravedad.

—¿Por qué lo haces, Lorq?

—Para matarte, Prince. —La cara de Lorq era una máscara de furia, hasta que la risa la inundó—. ¡Eso es todo, Prince! ¡Eso es todo lo que quiero hacer ahora!

—¡No quiero volver a morir! —chilló el cadáver—. ¡No quiero arder y consumirme como un insecto!

—¿Arder? —La cara de Lorq se crispó en torno a la cicatriz—. ¡Oh, no! Será lento, más lento que antes. Diez, veinte minutos por lo menos. Ya se está calentando ¿no? Pero hasta dentro de cinco minutos no será insoportable. —El rostro de Lorq se ensombreció bajo la incandescencia dorada. La saliva le espumaba los labios con cada consonante—. Hervirás en tu tinta como un calamar… —Se interrumpió para restregarse el estómago bajo el jubón. Miró alrededor de la cabina—. ¿Qué puede arder aquí? ¿Los cortinados? ¿Tu escritorio es de madera verdadera? ¿Y todos estos papeles?

De un tirón la mano mecánica se desprendió de Lorq. El brazo se balanceó a través del camarote. Los dedos se apoderaron de la mano de Ruby.

—¡No, Ruby! ¡Detenlo! ¡No dejes que nos mate!

—Tú estás sumergido en líquido, Prince, así que los verás entrar en llamas antes de morir. Ruby, los sitios donde ya te quemaste no podrán transpirar. Así que tú morirás primero. Él podrá contemplarte unos momentos antes de que sus propios fluidos empiecen a hervir, la goma a ablandarse, el plástico a fundirse…

—¡No! —La mano se soltó de la de Ruby, voló por la habitación y se estrelló contra el frente del tanque.

—¡Criminal! ¡Ladrón! ¡Pirata! ¡Asesino! ¡Asesino! ¡No…!

La mano era ahora más débil que en Taafite.

También el vidrio.

El vidrio se quebró.

Los fluidos nutrientes salpicaron a Lorq mientras retrocedía levantando los pies. El cadáver se encogió en el tanque, enredado en los tubos y cables.

Las cámaras giraron enloquecidas fuera de foco.

La mano restalló contra los azulejos mojados.

Cuando los dedos se inmovilizaron, Ruby lanzó un grito, otro grito. Se arrojó al suelo, trepó gateando el mellado borde de vidrio, levantó el cadáver, lo estrechó contra el cuerpo, lo besó, gritó, y lo volvió a besar, mientras lo acunaba entre los brazos. El agua del charco le oscureció la capa.

De pronto el grito de Ruby se ahogó. Soltó el cuerpo, se lanzó contra la pared del tanque, y se aferró la garganta. El rostro se le enrojeció intensamente bajo las quemaduras y el maquillaje estropeado.

Lentamente resbaló por la pared. Tenía los ojos cerrados cuando tocó el suelo.

—¿Ruby…?

Que se hubiese herido o no al trepar por el vidrio, no tenía importancia. El beso era lo que importaba. Tan poco tiempo después de haber sufrido quemaduras graves, pese a la eficiencia de las unidades médicas, debía encontrarse en un estado de hiperalergia. Las proteínas extrañas de los fluidos nutrientes de Prince le habían entrado en el torrente sanguíneo, provocándole una reacción histamínica general. Había sucumbido en pocos segundos al shock anafiláctico.

Y Lorq se reía a carcajadas.

Había comenzado en su pecho como un reordenamiento de guijarros. Luego se expandió en un sonido pleno, que resonó contra las altas paredes de la cabina inundada. El triunfo era risible y atroz y suyo.

Respiró hondo. La nave le palpitaba en las yemas de los dedos. Todavía enceguecido, impulsó a La Cacatúa Negra, precipitándola hacia el sol en erupción. En algún lugar de la nave uno de los acoples-ciborg estaba llorando…

Colonias Lejanas (Roc, en tránsito), 3172

—¡La estrella! —gritó el Ratón—. ¡Ha entrado en nova!

La voz de Tyy irrumpió por el circuito general:

—¡De aquí nos vamos! ¡Ahora!

—¡Pero el Capitán! —gritó Katin—. ¡Mirad La Cacatúa Negra!

—¡La Cacatúa, Dios mío, está…

—… Señor, está cayendo hacia…

—… cayendo en el…

—… el sol!

—Muy bien, todo el mundo, las palas abrir. ¡Katin, yo tus palas abrir te ordené!

—Dios mío… —Katin respiró—. Oh, no…

—Demasiado brillante es —decidió Tyy—. ¡Lo sensorio apagar!

El Roc empezó a alejarse.

—¡Oh, Dios mío! ¡Realmente están… están realmente cayendo! ¡Es tan brillante! ¡Morirán! ¡Arderán como… están cayendo! ¡Oh, Señor, detenlos! ¡Alguien haga algo! El Capitán está allí. ¡Tienen que hacer algo!

—¡Katin! —gritó el Ratón—. ¡Por todos los infiernos, apaga el sensorio! ¿Te has vuelto loco?

—¡Están cayendo! ¡No! ¡Es como un pozo brillante en el centro mismo del todo! Están cayendo en él. ¡Oh, están cayendo! Están cayendo…

—¡Katin! —chilló el Ratón—. ¡Katin, no la mires!

—¡Crece, es tan brillante… brillante… más brillante! ¡Casi no los veo!

—¡Katin! —Súbitamente recordó, y el Ratón gritó—: ¿No te acuerdas de Dan? ¡Apaga tu alimentador!

—¡No! ¡No, tengo que verlo! Ahora ruge. ¡Está despedazando la noche! ¡Ya huele a incendio, está quemando la oscuridad! ¡Ya no los alcanzo a ver… no, allá están!

—¡Katin, basta! —El Ratón se retorció debajo de Olga—. ¡Tyy, desconecta el alimentador!

—No puedo. Yo esta nave contra la gravedad he de pilotear. ¡Katin! ¡Fuera del sensorio! ¡Te ordeno!

—Bajan… bajan… ¡los he vuelto a perder! ¡Ya no los veo más! Y ahora toda la luz se vuelve roja… no puedo…

El Ratón sintió la sacudida de la nave en el momento en que la pala de Katin se zarandeaba frenéticamente.

De pronto Katin gritó:

—¡No veo! —El grito se transformó en sollozo—. ¡No veo nada!

El Ratón se hizo un ovillo sobre la cucheta, cubriéndose los ojos con las manos, temblando.

—¡Ratón! —gritó Tyy—. ¡Maldición, una pala hemos perdido! ¡Abajo!

Ciegamente, el Ratón acató la orden. Lágrimas de terror le escapaban de entre los párpados mientras escuchaba los sollozos de Katin.

El Roc se alejó y La Cacatúa Negra cayó.

Y fue nova.

De estirpe de piratas, girando enceguecido entre las llamas, pirata me llaman, asesino, ladrón.

Lo admito.

Recogeré mis premios dentro de un instante, y me convertiré en el hombre que empujó a Draco al abismo del mañana. Que haya sido para salvar a las Pléyades no atenúa la magnitud del crimen. Son los más poderosos los predestinados a cometer las mayores felonías. Aquí en La Cacatúa Negra soy una llama desprendida de la eternidad. Una vez le dije que ni ella ni yo éramos capaces de grandes cosas. Ni siquiera de morir con grandeza. (Hay una muerte cuya única grandeza es la de haber ocurrido en defensa del caos. Y ellos están muertos…). Tales vidas y muertes excluyen la grandeza, liberan de culpa al asesino, de júbilo al héroe benefactor. ¿Cómo soportan sus crímenes otros criminales? Los mundos huecos vomitan hijos huecos, criados tan sólo para el juego o la lucha. ¿Basta eso para ganar? He abatido un tercio del cosmos para encumbrar a otro y dejar al restante tambaleándose; y no siento pecado en mí. Ha de querer decir entonces que soy libre y malvado. Bueno, soy libre, entonces, la lloro con mis carcajadas. Ratón, Katin, vosotros que podéis hablar fuera de la red, ¿cuál de ustedes está más ciego por no haberme visto ganar bajo este sol? Puedo sentir el fuego que crepita junto a mí. Igual que tú, muerto Dan, andaré a tientas al amanecer y al crepúsculo, pero conquistaré el mediodía.

Colonias Lejanas, Nueva Brazillia II, 3172

Oscuridad.

Silencio.

Nada.

Entonces tiembla el pensamiento: Pienso… luego… ¿soy Katin Crawford? Luchó por alejarlo. Pero el pensamiento era él; él era el pensamiento. Aquí no había sitio donde anclar.

Un centelleo.

Un tintineo.

El aroma de la alcaravea.

Comenzaba.

¡No! Con uñas y dientes, buscó otra vez refugio en la oscuridad. El oído de la imaginación recordó el grito de alguien. «Acuérdate de Dan…» y el ojo de la imaginación vio la figura del despojo tambaleante.

Otro sonido, aroma, centelleo detrás de los párpados.

Aterrorizado por el torrente, luchó por volver a perderse en la inconsciencia. Pero el terror le aceleraba el corazón y el pulso activado lo llevaba arriba, arriba, donde lo acechaba la magnificencia de la estrella moribunda.

El sueño había muerto en él.

Contuvo el aliento y abrió los ojos…

Colores pastel se perlaban ante él. Acordes agudos se sucedían en suaves armonías. Luego alcaravea, menta, sésamo, anís…

Y detrás de los colores, una figura.

—¿Ratón? —susurró Katin, y la claridad con que se escuchaba lo sorprendió.

El Ratón levantó las manos de la siringa.

Color, aroma y música cesaron.

—¿Estás despierto?

El Ratón estaba sentado en el antepecho de la ventana, los hombros y el lado izquierdo de la cara iluminados de cobre. Detrás de él el cielo era púrpura.

Katin cerró los ojos, hundió la cabeza en la almohada, y sonrió. La sonrisa se ensanchó, se ensanchó más, se abrió sobre los dientes, y de pronto bordeó las lágrimas.

—Sí. —Se serenó y volvió a abrir los ojos—. Sí. Estoy despierto. —Se sentó—. ¿Dónde estamos? ¿Es ésta la estación tripulada del Alkane? —Pero del otro lado de la ventana había un paisaje.

El Ratón se descolgó del alféizar.

—La luna de un planeta llamado Nueva Brazillia.

Katin se levantó de la hamaca y fue hasta la ventana. Más allá de la trampa de la atmósfera, por encima de los escasos edificios bajos, un paisaje de rocas negras y grises se extendía como un tapiz hacia un cercano horizonte lunar. Aspiró una bocanada de aire fresco con un dejo de ozono, luego miró al Ratón.

—¿Qué pasó, Ratón? Oh, Ratón, creí que iría a despertarme como…

—Dan la vio camino al sol. Tú, cuando nos alejábamos. Todas las frecuencias se estaban dopplerizando en la banda roja. Son los ultravioletas los que desprenden retinas y hacen esas cosas que le sucedieron a Dan. Tyy encontró por fin un momento para desconectar tu alimentación sensoria. En realidad estuviste ciego un tiempo, sabes. Te pusimos en la unidad médica ni bien estuvimos a salvo.

Katin frunció el ceño.

—Entonces ¿qué estamos haciendo aquí? ¿Qué sucedió después?

—Nos quedamos en las cercanías de las estaciones tripuladas, y observamos los fuegos de artificio. Tardó algo más de tres horas en alcanzar la intensidad máxima. Estábamos hablando con la tripulación del Alkane cuando recibimos la señal de La Cacatúa Negra. Así que nos acercamos a toda velocidad, recogimos al Capitán y soltamos a todos los acoples-ciborg de La Cacatúa.

—¡Lo recogieron! ¿Quieres decir que logró salir?

—Sí. Está en otra habitación. Quiere hablar contigo.

—¿Entonces no nos tomaba el pelo cuando decía que las naves entran en una nova y salen por el otro lado?

Se encaminaron a la puerta.

Al salir recorrieron un corredor con una pared de vidrio que daba a la luna rota. Katin estaba absorto en la maravillada contemplación de los escombros, cuando el Ratón le dijo:

—Aquí.

Abrieron la puerta.

Una rendija de luz cruzó la cara de Lorq.

—¿Quién está ahí?

Katin preguntó:

—¿Capitán?

—¿Qué?

—¿Capitán Von Ray?

—… ¿Katin? —Los dedos se clavaron como garras en los brazos del sillón. Los ojos amarillos miraron, saltaron; saltaron, miraron.

—Capitán ¿qué…? —Katin contrajo la cara. Luchó contra el pánico, se obligó a parecer sereno.

—Le dije al Ratón que te trajese cuando estuvieras en condiciones de caminar. Estás… estás bien. Excelente.

La angustia inundó la carne lacerada, luego cedió. Y por un momento fue angustia.

Katin dejó de respirar.

—También tú trataste de mirar. Me alegro. Siempre pensé que tú serías el único en entender.

—Usted… ¿usted cayó en el sol, Capitán?

Lorq asintió.

—¿Pero cómo consiguió salir?

Lorq apretó la cabeza contra el respaldo de la silla. Tez cetrina, cabello rojo moteado de amarillo, los ojos huidizos; los únicos colores del cuarto.

—¿Qué? ¿Salir, dijiste? —Ladró una carcajada—. Ahora es un secreto a voces. ¿Cómo conseguí salir? —Un músculo le tembló en la ruina de la mandíbula—. Un sol… —Lorq levantó una mano, los dedos curvados como si sostuvieran una esfera imaginaria—… un sol roto, igual que un mundo, igual que ciertas lunas. Con algo así como la masa de una estrella, la rotación significa una increíble fuerza centrípeta que actúa sobre el ecuador. Al finalizar la acumulación de sustancias pesadas en la superficie, cuando la estrella entra realmente en nova, todo cae hacia adentro, hacia el centro. —Los dedos le temblaron—. Debido a la rotación, el material que está en los polos cae con mayor rapidez que el del ecuador. —Volvió a aferrar los brazos del sillón—. A los pocos segundos de iniciada la nova, ya no tienes una esfera, sino un…

—¡Un toro!

Unas líneas se marcaron en el rostro de Lorq. La cabeza le saltó hacia un costado como si tratase de evitar un gran resplandor. Luego las facciones maltrechas se volvieron para enfrentarlos:

—¿Dijiste toro? ¿Un toro? Sí. Ese sol se convirtió en una rosquilla con un agujero bastante grande como para que dos Júpiteres pasaran por él, de lado a lado.

—¡Pero el Alkane ha estado estudiando novas de cerca desde hace casi un siglo! ¿Cómo no lo sabían?

—La materia que se desplaza va hacia el centro del sol. La energía va hacia afuera. El cambio de gravedad hará que todo se encamine como por un embudo hacia el agujero; los desplazamientos de energía mantienen la temperatura tan fresca dentro de ese agujero como la superficie de una estrella roja gigante, muy por debajo de los quinientos grados.

Aunque la habitación era fresca, Katin vio que el sudor empezaba a correr por las arrugas de la frente de Lorq.

—La extensión topológica de un torus de esas dimensiones, la corona (todo cuanto las estaciones del Alkane alcanzan a ver) es casi idéntica a una esfera. Aunque el agujero es considerable, comparado con el tamaño de la bola de energía, sería bastante difícil encontrarlo, a menos que se supiera dónde está, o que se cayera en él por accidente. —Sobre el brazo del sillón los dedos se estiraron de pronto, temblaron—. El ilirión…

—¿Consiguió… consiguió el ilirión, Capitán?

Lorq volvió a levantar la mano ante él, esta vez cerrada en un puño. Trató de enfocarla. Intentó tomarla con la otra, lo logró sólo a medias, lo intentó de nuevo, fracasó, y probó otra vez; los dedos abiertos cubrieron los dedos cerrados. El puño doble tembló como en un ataque de perlesía.

—¡Siete toneladas! Las únicas sustancias bastante densas como para acumularse en el agujero son los elementos que están más allá del trescientos. ¡Ilirión! Allí flota en libertad, para quienquiera que se proponga entrar en la nova y arrebatarlo. Lleva tu nave allí, luego mira alrededor para ver dónde está, y atrápalo con las palas proyectoras. Se acumula en los nódulos de los proyectores. Ilirión… casi libre de impurezas. —Las manos de Lorq se separaron—. Pero… pero ve con tu alimentador sensorio, y mira alrededor para saber dónde está. —Inclinó la cabeza—. Allí estaba, el rostro… el rostro una asombrosa ruina en el centro del infierno. Y yo barrí con mis siete brazos el día enceguecedor para recoger los fragmentos de infierno que flotaban a la deriva… —Volvió a levantar la cabeza—. Hay una mina de ilirión allá, en Nueva Brazillia… —Del otro lado de la ventana un enorme planeta abigarrado colgaba del cielo—. Aquí cuentan con el equipo necesario para manipular los embarques de ilirión. Pero les hubieras visto la cara cuando aparecimos con nuestras siete toneladas, ¿no, Ratón? —Volvió a reírse estrepitosamente—. ¿No es cierto lo que digo, Ratón? Tú me describiste la cara que pusieron ¿sí?… Ratón.

—Es cierto, Capitán.

Lorq movió afirmativamente la cabeza, respiró hondo.

—Katin, Ratón, vuestra tarea ha terminado. Vuestros certificados están preparados. De aquí parten naves con frecuencia. No tendréis ninguna dificultad para embarcaros en otra.

—Capitán —aventuró Katin— ¿qué va a hacer usted?

—En Nueva Brazillia hay una casa donde pasé momentos felices cuando era niño. Regreso allí… a esperar.

—¿No hay nada que se pueda hacer, Capitán? Yo miré, y…

—¿Qué? Habla más alto.

—¡Dije que yo estoy bien, y mire! —La voz de Katin se quebró.

—Tú miraste cuando se alejaban, yo miré buscando el centro. La distorsión neural alcanza ya a todo el cerebro. Neurocongruencia. —Meneó la cabeza—. Ratón, Katin, id con Ashton Clark.

—Pero Capitán…

—Ashton Clark.

Katin miró al Ratón, luego otra vez al Capitán Lorq. El Ratón jugueteó nerviosamente con la correa del morral. Luego alzó los ojos. Al cabo de un momento, los dos se volvieron y salieron de la habitación en penumbras.

Una vez afuera contemplaron el paisaje lunar.

—Y bueno —musitó Katin—. Von Ray lo tiene y Prince y Ruby no.

—Ellos están muertos —le dijo el Ratón—. El Capitán dijo que los mató.

—Oh. —Katin siguió mirando el paisaje lunar. Al cabo de un rato dijo—: Siete toneladas de ilirión, y la balanza empieza a oscilar. Draco baja mientras las Pléyades suben. Las Colonias Lejanas van a sufrir algunos cambios. Bendigamos a Ashton Clark, gracias a él la reubicación de la mano de obra no es hoy tan difícil. Sin embargo, va a haber problemas. ¿Dónde están Lynceos e Idas?

—Ya se han marchado. Recibieron un astrograma de su hermano y han ido a verlo, ya que estaban aquí en las Colonias Lejanas.

—¿Tobias?

—Así es.

—Pobres mellizos. Pobres trillizos. Cuando este ilirión salga al mercado y empiecen los cambios… —Katin chasqueó los dedos—. No más éxtasis. —Levantó la mirada al cielo, casi sin estrellas—. Estamos en una encrucijada histórica, Ratón.

El Ratón se sacó un poco de cerumen de la oreja con la uña del meñique. El arete centelleó.

—Ajá. En eso mismo estaba pensando.

—¿Qué harás ahora?

El Ratón se encogió de hombros.

—En realidad no sé. Así que le pedí a Tyy que me tirase las cartas del Tarot.

Katin enarcó las cejas.

—Ella y Sebastian están abajo. Los pajarracos andaban sueltos por el bar. Dejaron medio muerto de susto a todo el mundo y por poco desmantelan el sitio. —Soltó una carcajada ronca—. Los hubieras visto. En cuanto consigan calmar al patrón, van a subir a echarme las cartas. Es probable que me busque otro trabajo de acople. Ahora no hay muchas razones para pensar en las minas. —Los dedos se le cerraron sobre el morral de cuero que llevaba bajo el brazo—. Todavía queda mucho por ver; a mí no me queda mucho por tocar. Quizá tú y yo podamos seguir juntos algún tiempo, embarcarnos en la misma nave. A ratos eres endiabladamente raro. Pero no me desagradas ni la mitad de lo que me desagrada mucha otra gente. ¿Cuáles son tus planes?

—En realidad no he tenido tiempo para pensar en planes. —Deslizó las manos bajo el cinturón y agachó la cabeza.

—¿Qué estás haciendo?

—Pensando.

—¿Qué?

—Que estoy aquí, en una luna perfectamente satisfactoria. Acabo de llevar a cabo un trabajo, así que por algún tiempo no tendré preocupaciones. ¿Por qué no tomarme un respiro y sentarme a trabajar seriamente en mi novela? —Levantó la cabeza—. Pero ¿quieres que te diga una cosa, Ratón? Ya no sé si quiero escribir un libro.

—¿Mm?

—Cuando estaba mirando esa nova… no, después, justo antes de despertarme y pensar que tendría que pasar el resto de mi vida con gafas negras y enchufes nasales y auditivos, mientras me volvía loco a gritos, me di cuenta de lo mucho que me quedaba por ver, de lo mucho que me quedaba por escuchar, oler, gustar; qué poco conocía de esas cosas esenciales de la vida que tú tienes literalmente en las puntas de los dedos. Y entonces el Capitán…

—Demonios —dijo el Ratón. Con el pie descalzo se sacó la tierra de la bota—. ¿No vas a escribirla después de todo el trabajo que ya hiciste?

—Ratón, me gustaría escribirla. Pero todavía no he encontrado un tema. Y sólo ahora estoy preparado para salir en busca de uno. Por el momento soy sólo un hombre lúcido con mucho que decir y nada con que decirlo.

—Argucias —gruñó el Ratón—. ¿Qué me dices del Capitán y del Roc? Y dijiste que querías escribir sobre mí. Y bueno, hazlo. Y escribe también sobre ti. Escribe sobre los mellizos. ¿Piensas de veras que te harían un juicio? Se sentirían orgullosos, los dos. Yo quiero que la escribas, Katin. A lo mejor no podría leerla, pero te aseguro que te escucharía si tú me la leyeses.

—¿De veras?

—Seguro. Después de todo lo que has puesto en ella, si la abandonaras ahora no te sentirías nada feliz.

—Ratón, me tientas. Durante años no he querido hacer otra cosa. —Katin se echó a reír—. No, Ratón. Todavía hay en mí mucho del pensador. ¿Este último viaje del Roc? Advierto con demasiada claridad los modelos arquetípicos. Ya me veo convirtiéndola en una busca alegórica del Santo Grial. Ésa es la única forma en que podría desarrollarla, escondiendo en ella toda suerte de simbologías místicas. ¿Te acuerdas de aquellos escritores que murieron antes de terminar de narrar la busca del Grial?

—Uf, Katin, ésas son puras pamplinas. ¡Tienes que escribirla!

—¿Pamplinas como el Tarot? No, Ratón. Temería por mi vida si me embarcase en una empresa semejante. —Contempló de nuevo el paisaje. La luna, tan familiar para él, lo reconcilió un instante con todo el desconocido más allá—. Quiero hacerlo. De veras. Pero tendría que luchar desde el comienzo con una docena de maleficios, Ratón. Quizá pudiera. Pero no lo creo. La única manera de protegerme de los maleficios, supongo, sería abandonar el libro antes de terminar la última.

Atenas, junio de 1966

Nueva York, mayo de 1967