PRINCIPIOS DE LA SOCIEDAD CONTRA-SEXUAL

«Artículo 3

»Tras la invalidación del sistema de reproducción heterocentrado, la sociedad contra-sexual demanda la abolición del contrato matrimonial y de todos sus sucedáneos liberales, como el contrato de parejas de hecho o el PACS (equivalente legal común para homosexuales y heterosexuales en Francia), que perpetúan la naturalización de los roles sexuales. Ningún contrato sexual podrá tener como testigo al Estado.

«Artículo 6

»La sociedad contra-sexual declara y exige la separación absoluta de las actividades sexuales y de las actividades de reproducción. Ningún contrato contra-sexual conducirá al acto de reproducción. La reproducción será libremente elegida por cuerpos susceptibles de embarazo o por cuerpos susceptibles de donar esperma […]. Todo cuerpo recién nacido tendrá derecho a una educación contra-sexual.

«Artículo 10

»La sociedad contra-sexual demanda la abolición de la familia nuclear como célula de producción, de reproducción y de consumo. La práctica de la sexualidad en parejas (es decir, en agrupaciones discretas de individuos de distinto sexo superiores a uno e inferiores a tres) está condicionada por los fines reproductivos y económicos del sistema heterocentrado. La subversión de la normalización sexual, cualitativa (hetero) y cuantitativa (dos) de las relaciones corporales se pondrá en marcha sistemáticamente…».

Los artículos precedentes han sido extractados del Manifiesto contra-sexual creado por Beatriz Preciado, filósofa y activista del movimiento queer, una corriente de estudios y pensamiento para la comprensión de la diversidad de sexualidades y expresiones culturales. Preciado propone en su obra una serie de audaces y corrosivos principios que conforman la base ideológica de una futura sociedad sin géneros ni roles, sumisiones y restricciones que la división de sexos ha generado históricamente. Para quienes no quieran esperar a que la revolución triunfe o deseen ofrecerse como vanguardia del mundo futuro, Preciado se brinda a facilitarles un nuevo tipo de contrato —quien lo desee puede encontrarlo en su libro— con el que dar inicio a una nueva vida contra-sexual.

Pero mientras el advenimiento de esta nueva sociedad nos libera para siempre de las listas de boda, el lechazo y el coctel de gambas, los colores pastel y la tortura del álbum fotográfico y el vídeo ajardinado con atardecer final, bien estará que le dediquemos unas cuantas jornadas de nuestro viaje a comprobar de qué formas tan dispares y curiosas nos emparejamos los humanos.

ME CASÉ CON UNA PIEDRA

El primer tropiezo en el proceloso sendero del matrimonio que comenzamos a recorrer llega tan pronto como intentamos definir qué es el matrimonio desde un punto de vista antropológico. En una publicación del Royal Anthropological Institute se apunta ésta: «Es la unión de un hombre y una mujer en virtud de la cual los hijos que dé a luz la madre son reconocidos como descendientes legítimos de la pareja». Sin embargo, la grisácea pasión normativa y clasificatoria de la ciencia se ve una vez más desbordada por los mil colores de la realidad, como lo demuestra las tradiciones de los nayar.

Los nayar, o nair, son una casta de guerreros de alto rango dentro de la sociedad hindú que, a la llegada de los británicos a la India, habitaban los territorios que en la actualidad se corresponden con los Estados de Calcuta, Walluvanad, Palghat y Cochin. Sus insólitas costumbres matrimoniales llamaron pronto la atención de los estudiosos occidentales. Antes de tener su primera menstruación, toda niña nayar debía pasar por una ceremonia de cuatro días de duración. En ella la niña recibía el tali, un collar de oro o plata mediante el cual se vinculaba a la niña con un marido, al que podríamos denominar «esposo ritual». Ese collar venía a simbolizar que la niña había contraído matrimonio. Pero ello no quería decir en absoluto que pasase a formar una familia con su marido «ritual». De hecho, ni siquiera estaba obligada a mantener relaciones sexuales con él. Por el contrario, llevar el tali al cuello abría a la niña las puertas de una vida sexual de lo más entretenida. La adolescente podía recibir a cuantos amantes (denominados sambahdham) desease. Sin más ceremonias ni requisitos, los chicos sencillamente se metían en su habitación y pasaban la noche con ella. A lo largo de su vida, las mujeres nayar mantenían numerosas relaciones de este tipo e incluso con varios hombres a la vez. En contrapartida, los amantes no tenían ninguna obligación respecto a ellas. En cuanto a los hijos que pudieran nacer de estos encuentros, se consideraban legítimos y eran atendidos solidariamente por los miembros de la familia, de origen matrilineal, de la mujer. Bien es verdad que si, por una de esas fatalidades de la vida, una chica nayar se quedaba embarazada antes de pasar por la ceremonia del tai, recibía un severo castigo. «Hasta ahí podíamos llegar», dirán las personas de orden entre los nayar.

De acuerdo con el Atlas Etnográfico de George P. Murdock, en el que se estudia la estructura familiar de unas 250 sociedades de todo el mundo, el 44 por ciento de las mismas practica la poligamia; el 39 por ciento permite su coexistencia junto a la monogamia; y tan sólo el 16 por ciento de las comunidades mundiales es exclusivamente monógamo (el exiguo resto practica otro tipo de uniones, algunas de las cuales visitaremos más adelante). Así pues, podemos afirmar que vivimos en un planeta polígamo.

Pero no podemos achacar esta aseveración a una pulsión natural del hombre. No es consustancial a la naturaleza humana ser monógamo o polígamo (lo siento páter, pero esto es lo que afirma Marvin Harris, y lo argumenta). Porque polígamo no es el que quiere sino el que puede, amigos. Son, sobre todo, razones económicas y biológicas las que lo determinan. Por un lado, la poliginia —un hombre casado con varias esposas— suele ser símbolo de éxito, riqueza y poder. Además, no es fácil encontrar poblaciones en las que las mujeres dupliquen o tripliquen en número a los hombres. La confluencia de ambos factores desemboca en una carestía de esposas. En sociedades como los tiwi australianos o los azande, de África central, los hombres más ricos y de más edad acaparan las mujeres casaderas, por lo que los jóvenes se ven obligados a retrasar su matrimonio hasta los veinte o treinta años, o hasta que «hereden» las mujeres del padre, salvo su madre natural.

La poliandria —el matrimonio de una mujer con varios hombres— resulta mucho menos frecuente y tiene también unos claros fundamentos económicos. Sobre todo, se da en pueblos del Himalaya, donde la tierra es un bien tan precioso como limitado. Hasta la entrada de los chinos en el Tíbet, en 1959, la poliandria era muy frecuente entre sus habitantes. Lo habitual era que varios hermanos compartiesen una misma esposa. Con ello evitaban la dispersión de la riqueza o de las propiedades familiares y que los hombres se viesen forzados a abandonar su hogar. Varios cronistas se han preocupado de estudiar los problemas que esta estructura familiar provocaba entre los tibetanos. En este sentido, resulta ilustrativo el caso de cinco hermanos casados con una sola mujer. Los cuatro mayores sufrían de impotencia por tener que compartir la esposa. El quinto, en cambio, era más feliz. No tenía problemas sexuales y para demostrarlo, alardeaba de ser el padre de todos los hijos de la familia. Otro problema, y no pequeño, que sufrían estos matrimonios era la falta de intimidad, pues esposos y mujer dormían todos juntos en la misma habitación.

En Tamil Nadu (India meridional) viven los toda, cuyas mujeres también practican la poliandria, pero con miras más amplias aún. Además de los esposos oficiales, ellas pueden gozar de unos cuantos amantes reconocidos y cuyo papel sería similar al de las concubinas en el caso de los hombres.

Lo mismo que, entre nosotros, el índice Euribor y el TAE acaban dando su opinión a la hora de que una pareja se plantee el matrimonio, también la economía decide la vida marital de los pahärï. Según E. Gregersen, se trata del único caso de «poliginandria», o matrimonio en grupo, recogido por la ciencia antropológica. Los pahärï, también conocidos como parbate, kasa o chetri, viven en Nepal y en las regiones hindúes fronterizas con la cordillera del Himalaya. Se trata de una cultura muy antigua, ya citada por Herodoto y Plinio en sus escritos y que aparece en el célebre poema épico hindú Mahabarata. Su particular estilo pictórico, expresado en delicadas miniaturas y libros miniados, también les ha hecho muy conocidos. El caso es que las novias pahärï están muy caras, pues su tradición dicta que deben entregarse a sus familias costosos regalos, por lo general, fuera de las posibilidades de un soltero. La solución que han encontrado los hombres de este pueblo es unir fuerzas y recursos para abandonar la soltería. Lo más frecuente es que sean hermanos los que se unan en una especie de cooperativa con fines matrimoniales, pues todos allegan recursos para conseguir una esposa que luego compartirán en perfecta paz y armonía fraternal. Conforme van ahorrando o si un golpe de suerte permite disponer de más recursos a la cooperativa, nuevas esposas pasan a integrar el grupo familiar donde, como las compañeras que las han precedido, serán compartidas por los hombres que lo forman. Las esposas pahärï se aprovechan de un «doble rasero» en su actividad sexual que las libera de la monotonía de una vida conyugal múltiple: mientras viven con sus maridos les deben ser fieles; sin embargo, cuando van de visita a casa de sus padres, gozan de total libertad para llevar la alegre vida de una soltera.

Los chukchi, una tribu cuyo territorio se encuentra en la Siberia limítrofe con el estrecho de Bering, también practican una especie de matrimonio en grupo. En él pueden participar hasta diez parejas. Los hombres reciben el nombre de newtumggit, «hermanos de esposa», y tienen entera libertad para acceder a cualquiera de las mujeres incluidas en el grupo. La incorporación de una nueva pareja al círculo es celebrada con una ceremonia especial durante la cual los individuos deben ungirse mutuamente con sangre.

Si los chicos pahärï deben aprender a ahorrar y a ser pacientes, los hombres kamchadal tienen que estar dispuestos a sudar la camiseta si se quieren casar. Y es que su ceremonia matrimonial, si es que podemos llamar así a un ceremonial que los expertos relacionan con un rito copulatorio, tiene más que ver con una pelea de gladiadores que con una plácida fiesta del amor. Se trata de una especie de «juego de las prendas» bastante peculiar, en el que el matrimonio no será legal hasta que el presunto novio haya tocado con sus manos la vulva de la no menos presunta novia. Otras fuentes afirman que lo que debe hacer es introducir los dedos. En cualquier caso, antes de alcanzar tan íntima relación, el novio debe «capturar» a la novia, una tarea nada sencilla: la chica se viste con toda la ropa que puede y, además, cuenta con la ayuda de las demás mujeres del pueblo para protegerla y obstaculizar las maniobras del candidato. Al novio no le queda otra opción que sorprender a su objetivo cuando está sola o bien conseguir ahuyentar a las mujeres guardaespaldas.

Seguro que el avispado lector ya habrá intuido que si la chica es «consentidora», la cosa no presenta mayores agotamientos y quebraderos de cabeza y, tras cumplir con las formalidades digitales del rito, pasan a devorar el plato de perdices de la felicidad. Pero no siempre es así. Y, de creer a los cronistas, las muchachas kamchadal pueden convertirse en unas oponentes de armas tomar. Cuentan el caso de un pobre hombre que se pasó diez años persiguiendo a una mujer. Y cuando, por fin, consiguió arrinconarla para desnudarla, acabó todo magullado y lleno de heridas. Y es que, cuando el amor es verdadero, siempre deja huella.

Los tikopia, un grupo polinesio, son asimismo aficionados a unir ejercicio físico y casorio, pues tienen una curiosa costumbre: el matrimonio «por captura». Si bien existen entre ellos las aburridas nupcias voluntarias, en especial los miembros de las familias de los jefes prefieren conseguir una esposa capturándola. En este caso, se trata de un término literal, pues llegan a utilizar medios violentos. Sin embargo, la «partida de caza» se rodea de ciertos gestos de obligada cortesía. Por ejemplo, no resulta apropiado raptar a una muchacha mientras trabaja en los campos o camina por un sendero. Lo adecuado es hacerse con ella cuando se encuentra en la casa de su padre. Es más, si el rapto se efectúa de forma incorrecta, los forcejeos pueden llegar a causar la muerte de la muchacha, cosa que nunca sucedería de seguirse los procedimientos apropiados.

A la mañana siguiente del rapto, se celebra una fiesta en la que se proclama formalmente el matrimonio y que también supone el preludio de la consumación pública del mismo, que se realiza al anochecer. Esta consumación pública es, en realidad, una violación ritual, en la que la novia es sometida por la fuerza. Lo que no deja de resultar sorprendente a nuestros ojos es que, según los relatos de los nativos compilados por los investigadores, una vez que la joven era penetrada, dejaba de oponer resistencia y asumía su papel de esposa con total naturalidad.

Pero regresemos a Siberia, donde los hombres koryak, otra tribu de cazadores y recolectores, como los chukchi, deben ser tipos de talante más tranquilo o al menos aman la tranquilidad en el hogar, puesto que se casan con piedras, además de con mujeres. La ciencia antropológica tiene noticia de ciertas sociedades en las que se contraen seudomatrimonios con árboles u objetos similares. Pero no cuentan con evidencias de que se muestren inclinaciones sexuales hacia ellos. Los koryak son diferentes. De hecho, aquellos hombres que deciden contraer matrimonio con una peña, la tratan con gran deferencia. Le ponen vestidos, la acuestan en sus camas y hasta la acarician. Un comportamiento entre esposo y esposa que, por otro lado, más que resultarnos asombroso, nos debiera parecer encomiable. Un explorador ruso llamado Karsheninikov conoció a un koryak llamado Okerach, quien, al poco de entrar en contacto con él, le entregó dos morrillos. Cómo no imaginarse la feliz expresión de amor y orgullo de aquel hombre mientras confesaba a su visitante que una de aquellas piedras era su esposa y la otra su hijo.

La figura del matrimonio temporal, presente en muchos lugares de Oriente Próximo, resulta una forma ingeniosa y muy cómoda para ambas partes de acordar una relación de pareja. Supone suscribir un contrato cuya validez en el tiempo es muy corta, a veces no superior a una sola noche. Incluso puede llegar a especificarse en él qué actos sexuales deben tener lugar. Si bien es cierto que puede encontrarse en el Corán algún atisbo de justificación para su práctica, en la actualidad la mayor parte de los musulmanes lo considera poco más que una forma de prostitución encubierta. Sin embargo, está muy difundido entre los habitantes de numerosas regiones de Irán e Irak y es muy similar al que utilizan los amahara, un grupo cristiano etíope.

El matrimonio, para los lepcha, no supone una merma de la libertad sexual de ambos cónyuges, al menos hasta que tienen el primer hijo y siempre y cuando el comportamiento no ponga en peligro la estabilidad de la comunidad. Este grupo habita en Sikkim, un territorio al sur del Himalaya entre Nepal y Bután. La peculiar actitud de los lepcha frente al sexo está determinada por el hecho de que entre ellos no tiene sentido hablar de pasión. Los amplios estudios que sobre ellos ha hecho Geoffrey Gorer nos han descubierto una sociedad donde la satisfacción sexual tiene el mismo valor que la comida o la bebida. Finalizada la larga jornada de trabajo, lo único que pueden hacer los lepcha es beber y copular. Entre las consecuencias de minusvalorar el factor personal en las relaciones de pareja está una consiguiente falta de atención al atractivo físico. Por supuesto que tienen ciertos criterios de belleza (nariz recta, ojos grandes, porte erguido, pelo largo… y, en el lado contrario, ojos pequeños, granos, trasero prominente, pechos grandes), pero no parece que desempeñen un papel demasiado relevante en el momento de elegir un compañero o compañera temporal. Gorer descubrió que algunos individuos que tenían esposas jóvenes y hermosas no dudaban en acostarse con ancianas y promiscuas cuya invitación a copular nunca rechazaban.

No son lo que se dice románticos estos lepcha. Jamás pierden el tiempo en galantear y sus técnicas de seducción son mínimas. Rara vez se besan y los únicos preliminares al coito consisten en que el hombre, inmediatamente antes de penetrar a la mujer, le acaricia los pechos. Eso es todo. La verdad es que los hombres hacen eso mismo en público como una invitación directa al coito, lo que entre los lepcha resulta, más que vergonzoso, divertido.

Siempre según Geoffrey Gorer, los lepcha distinguen cuatro formas de copular: 1. La legítima, con la esposa. 2. La semilegítima, mantenida con potenciales esposas sororales y levirales (parejas de los hermanos o hermanas con las que pueden o deben casarse en caso de que sus familiares directos fallezcan). Generalmente tiene lugar en el hogar, durante la ausencia del marido, o en encuentros casuales en el bosque o en casas campestres, por entender que es de mal gusto que el marido pueda presenciar la copulación. 3. La copulación con muchachas solteras, que obliga al varón a visitas nocturnas y clandestinas. 4. La copulación, adúltera o no, rápida y clandestina, que tiene lugar en el campo, en el bosque o en las grandes fiestas. Una faena de alivio al aire libre estilo lepcha.

Gorer recogió algunos testimonios en los que le confesaban que, en los primeros momentos del matrimonio, podían hacerlo cinco, seis y hasta ocho o nueve veces en una noche. Más adelante, bajan el diapasón, pero jamás dejan pasar una noche sin copular al menos una vez, hasta que cumplen los treinta años, cuando comienzan a notar la factura que les pasa tamaña generosidad y entrega. Entonces, consideran que se debe estar preparado para largos periodos de castidad, a excepción de los lamas, quienes «no pueden estar ni siquiera una semana sin copular».

Los mangaianos igualan a los lepcha en lo que se refiere a no hacerse falsas ilusiones con el matrimonio. Estos habitantes de la isla Mangaia, en el archipiélago polinesio de las Cook, le confesaron a Donald Marshall que necesitan una esposa «para que les extraiga el agua [el esperma]» y nada más. Cuando son solteros, les preocupa la cantidad de veces que hacen el amor. Pero se casan para asegurarse de que tienen a alguien para hacerlo todas las noches.

Quién mejor que los na, un pueblo que habita en la provincia china de Yunán, para cerrar este periplo por los tipos de matrimonio en el mundo. Nos parecen los apropiados porque sus mujeres no conocen el matrimonio en ninguna de las múltiples variantes antes citadas. Los na gozan de una gran libertad sexual y casi ausencia de celos. Las mujeres na no tienen ni padre ni marido y viven con sus madres, hijos, hermanos y tíos maternos. Sus relaciones sexuales se rigen por unas costumbres tan simples como directas, como nos cuenta el etnólogo chino Cai Hua: «Cuando un galán quiere probar a una mujer que lo mira, le roba el sombrero o el cesto. Si ella se enfada, no hay nada que hacer. Si sonríe, es que está dispuesta». A medianoche, el hombre al que le ha sonreído la suerte entra en la casa de la chica. Estos amantes nocturnos se alternan según les place a las damas. Nunca se les reconoce la paternidad, por lo que una chica puede que se esté acostando con un medio hermano o un tío o un sobrino, llegados de otra aldea. Pero esto no importa ni les preocupa a los na. El incesto sólo está prohibido dentro de la misma casa. De hecho, este precepto es muy rígido. Una mujer no ve la televisión, ni camina en la oscuridad ni baila junto a un hermano o tío materno.

A propósito de la televisión, Cai Hua se hace eco, con preocupación, de los cambios que se están produciendo en las costumbres de los na, a raíz de su contacto con la modernidad en forma de escuelas y salas de cine. A estas últimas acuden los jóvenes na a ligar y ven en la pantalla que también puede ser bonito y emocionante amarse con el corazón. Pero con la pasión llegan los celos y sus perniciosos efectos, tales como los matrimonios monógamos, el uso de anticonceptivos y la emigración a la ciudad en busca de una vida mejor. Asumámoslo: otro paraíso de libertad sexual se nos escapa entre los dedos.

MANUALES CONTRA EL ABURRIMIENTO

Mucho antes de que la mágica pantalla iluminada de un cine abriera los ojos de los desinhibidos na a otras formas de amar, algunas de las culturas orientales más desarrolladas ya contaban con unas sofisticadas y prolijas fuentes de información para los amantes. Los manuales eróticos hindúes, chinos o japoneses forman parte de una milenaria tradición que buscaba mostrar el camino hacia la felicidad conyugal a través de una buena práctica del sexo. Ya hemos mencionado en páginas precedentes que no se trata en absoluto de textos pornográficos destinados a excitar a sus lectores, por más que puedan llegar a ser extremadamente gráficos en sus descripciones. Éste es el caso del poeta chino Po Hsing-kien (muerto en el año 826), citado por Pascal Dibie en su Etnología de la alcoba. En su poema Ensayo poético sobre el goce supremo de la unión sexual del Yin y del Yang y del cielo y la tierra, Po describe el primer encuentro de unos recién casados: «[El novio] saca su pájaro carmesí y desprende el pantalón rojo de la novia. Él le levanta las piernas de blancura resplandeciente y le palpa las nalgas, semejantes al jade. La mujer toma con una mano el Tallo de Jade y se llena de regocijo. El hombre chupetea la lengua de la mujer y su alma se agita. Entonces, con su saliva le baña totalmente la vulva, que ella con mucho gusto le da a rastrear […]; él hunde su miembro en un acometimiento vigorosamente impelido […]; pronto su “niño”, abierto, chorrea semen en abundancia. Luego, se secan las partes con los Seis Cinturones, que se hallan colocados en una cesta. En adelante ya es una pareja casada. Lo que se llama unión del Yin y el Yang continuará, en lo sucesivo, sin interrupción».

Estos textos son auténticos tratados para el uso y disfrute del cuerpo en aras de una larga vida armónica y dichosa premiada con una prole sana y abundante. Como advierte un antiguo texto chino: «El que regula su placer sexual, ése se sentirá en paz y alcanzará una edad avanzada. Si, por el contrario, se abandona a su placer ignorando voluntariamente las reglas enunciadas en los tratados susodichos, caerá enfermo y dañará su vida».

Probablemente el más famoso de esos tratados entre nosotros sea el Kamasutra, obra de la que se derivarán a lo largo de los siglos muchos otros tratados eróticos hindúes y una riquísima tradición artística. La leyenda nos cuenta que nació de la mano del dios Shiva, cuando éste creó la sexualidad al enamorarse de su propia encarnación femenina. Embriagado por este descubrimiento —bastante onanista por cierto—, se lanzó a una febril actividad literaria, escribiendo nada menos que diez mil libros sobre la materia, lo cual es de alabar en un primerizo como él que, además, debía de estar continuamente jugando con su descubrimiento. Por fortuna para los pobres mortales, siempre tan escasos de tiempo, un sirviente de la deidad, Nandín, inició un trabajo de compilación que redujo ese aluvión de literatura erótica a «tan sólo» mil volúmenes. Sucesivos eruditos fueron constriñendo la pasión polígrafa de Shiva hasta condensarla en una única obra: el Kamasutra de Vaatsyayana. En algún momento sin determinar, el erudito Badhravya decidió transformar el manuscrito divino en un tratado más manejable, que es el que se ha divulgado tan profusamente por el resto del mundo. Muchos creen que se trata de un especie de catálogo de posturas coitales para ir tachando con un rotulador conforme se practican. En realidad, no tiene nada que ver con batir marcas olímpicas sino con algo más gratificante.

En otro manual erótico de la tradición hindú, el Koka Shastra, compilado en el siglo XII por Kokkoka, se dice: «Un esposo, si logra descubrir las diversas satisfacciones que le puede proporcionar su esposa, vivirá con ella como si de treinta y dos mujeres distintas se tratase, siempre encontrará algo nuevo en ella y nunca se saciará de sus encantos». Bien es verdad que el tema de las posturas ocupa una parte sustancial en numerosos manuales de Extremo Oriente. En el Ishimpoo («La esencia de la diagnosis médica»), creado por un médico chino que vivía en Japón, se enumeran treinta posiciones coitales, una de las cuales se nos antoja bastante ineficaz, por cuanto se practica con los amantes espalda contra espalda. Pero sobre las posturas hablaremos más adelante.

Un valor añadido de estos manuales es que nos informan sobre las preferencias y fetichismos de las sociedades donde han nacido. Así, por ejemplo, en los tratados chinos las ilustraciones nos muestran a las mujeres siempre con calcetines, para ocultar sus pequeños pies deformes, atrofia que se debe a la secular costumbre de vendarlos desde la infancia. Este fetichismo hacia los pies diminutos estaba extendido en la sociedad china pero no se da en otras sociedades cercanas, como Japón o Corea. Sin embargo, los japoneses muestran en las ilustraciones de sus manuales eróticos su pasión por las grandes vergas o el vello púbico abundante tanto en hombres como en mujeres. Es ésta una preferencia erótica que todavía hoy sigue muy en boga, como lo demuestra el amplio surtido de postizos capilares para la zona genital que se venden en los sex-shops de aquellas latitudes. Otro aspecto singular del arte erótico japonés es la representación de proezas gimnásticas sexuales o de inverosímiles escarceos entre humanos y animales (con pulpos, por ejemplo).

Para aquellos a quienes los manuales ya no pueden decirles nada y ni un encuentro con pulpos consigue excitarles, la sabiduría tradicional china también ofrece senderos hacia la felicidad celestial en forma de viejo proverbio, que viene a decir, más o menos: «Si quieres ser feliz un día, emborráchate. Si quieres ser feliz una semana, cásate. Si quieres ser feliz un año, ten un hijo. Pero si lo que quieres es ser feliz toda la vida, cultiva un huerto».

EL «PÁRPADO DE CABRA»

Mientras contemplamos cómo crecen las judías y los pimientos, muy bien se podría entretener el tiempo del matrimonio con un poco de sexo imaginativo y solidario. Frente a una sociedad como la nuestra, «bendecida» por la ideología religiosa, en la que el vínculo matrimonial sólo se disuelve tras la muerte de uno de los «contendientes» (algo inaudito en prácticamente todo el resto del mundo, pues se utilizan diversas variantes de divorcio para deshacer contratos matrimoniales) y donde el adulterio es una gravísima afrenta, podemos encontrar numerosas culturas en las que resulta habitual y saludable compartir la pareja. Algunas culturas suelen mostrar una gran generosidad en este sentido. El primer puesto de los maridos desprendidos bien pudieran merecerlo los africanos napa, quienes tienen múltiples razones por las que compartir sus mujeres con otros hombres. En otras culturas africanas la costumbre obliga a poner a la mujer a disposición de algún pariente cercano, como ocurre entre los mongo-nkudu, donde esta práctica se efectúa entre hermanos. Si la mujer se niega, el marido puede castigarla o incluso golpearla. Entre los masai, la hospitalidad sexual hacia un visitante está sujeta a la etiqueta, que obliga a que el marido abandone la choza para que la mujer atienda convenientemente a la visita. También, a veces, a las casadas masai se les permite mantener relaciones sexuales con cualquier hombre de la edad de su marido.

En las estepas de Mongolia la hospitalidad sexual puede llevar aparejado lo que podríamos denominar un «seudomatrimonio», que les acerca a la costumbre de los koryak de unirse con cosas inanimadas. Los anfitriones mongoles tienen por norma ofrecer al visitante a una de sus hijas, para que se acueste con ella mientras pasa un tiempo bajo su techo. Si se quedase embarazada, la chica deberá contraer matrimonio con un cinturón que el invitado ha dejado en la casa al marcharse. Tanto el objeto como la ceremonia tienen un valor puramente simbólico, mera representación del huésped, puesto que éste no adquiere ninguna otra obligación. De hecho, puede que quizá no regrese jamás a la tienda donde dejó una criatura y un cinturón desposado. El hecho de utilizar objetos para matrimoniar embarazadas de forma inopinada parece muy del gusto de esta cultura. Así, si una muchacha queda embarazada, pero no como resultado de encuentros debidos a la hospitalidad sexual, se le suele casar con una alfombrilla de oración.

La hospitalidad sexual entre los australianos áranda resulta peculiar por cuanto va precedida de una danza ritual denominada wuljankura. Si hacemos caso de la opinión del investigador Strenhlow, la función de esta danza es hacer que las mujeres se sientan sexualmente atraídas por los extranjeros con los que van a compartir lecho y juegos sexuales. Finalizada la danza, la esposa comunica a su esposo cuál de los visitantes es el que le gusta, porque es el propio marido el encargado de preparar la cita entre ambos.

Los también australianos murngin, más que practicar la hospitalidad sexual, lo que hacen es un intercambio de parejas durante una de sus ceremonias rituales, denominada Gunabibi. Nadie se puede negar a ello, pues creen que quien rehúse atraerá sobre sí serios males. Además, resulta terapéutico, puesto que este coito ritual purifica el cuerpo y favorece una buena salud hasta la llegada de la siguiente estación seca. Antes de la Gunabibi, las muchachas que van a participar en ella y aún son vírgenes deben ser desfloradas por su propio marido, quien les introducirá un bumerán especial con el que romperá el himen. Durante este intercambio de esposas, todos los participantes copulan más de una vez, bien sea con la misma pareja o con otra diferente. Las mujeres murngin suelen alardear como un vulgar camionero del número de varones con quienes han copulado en el transcurso de este ritual. En otras ocasiones lo que acontece es una especie de bacanal a gran escala. Cuando finaliza una danza que da principio a la ceremonia, las mujeres se tumban en el suelo en dos hileras, conforme al clan al que pertenezcan. Los hombres se colocan frente a su nueva pareja y espalda contra espalda con la habitual. De esta manera, el esposo no puede ver lo que hace la esposa y viceversa, una precaución que tiene por costumbre favorecer, en cualquier rincón del planeta, la buena armonía conyugal.

A los mhinaku amazónicos también les gusta cambiar de pareja de vez en cuando. Pero ellos no lo hacen abiertamente. Es más, lo que les entusiasma es que sea un encuentro ilícito. Al antropólogo Thomas Gregor le confesaron que para ellos «el peligro es la pimienta del sexo». Esta pasión por jugársela poniéndole los cuernos a sus convecinos quizá provenga de que el sexo lícito entre los mhinaku está sujeto a infinidad de prohibiciones y periodos de abstinencia que tienen que ver con los ciclos de la naturaleza y rituales propios de su cultura. El caso es que, literalmente, se juegan el tipo. Por un lado, no resulta infrecuente que los amantes estén retozando a pocos metros del marido plácidamente dormido. Y, por otro, lo suelen hacer tumbados en una estrecha e inestable hamaca, lo que les obliga a contorsiones que deben de rozar el espectáculo circense.

La fértil imaginación humana también ha ideado otras formas de «ponerle pimienta» a las relaciones conyugales por medio de todo tipo de adminículos animales, vegetales o minerales, vivos o inertes. Ya han quedado reseñados algunos pueblos que utilizan hormigas, peces y otros animales en sus relaciones sexuales. Otras culturas se han inclinado por desarrollar artefactos eróticos. De este modo podríamos calificar el alfiler de plata con el que se recogían el moño las mujeres coreanas y que tenía una segunda utilidad cuando trataban asuntos de alcoba. Les gustaba pinchar con ese alfiler los testículos de su pareja para estimularle cuando ésta mostraba síntomas de que su ardor decrecía. Es una técnica similar en algo a la utilizada por la turbadora mantis religiosa protagonista de la película Matador, de Pedro Almodóvar, con la diferencia de que las coreanas, más que entrar a matar en el hoyo de las agujas, lo que hacían era poner banderillas algo desprendidas a su morlaco con el fin de que pudiese continuar la faena.

Otro ejemplo de artilugio sexual tan antiguo como sofisticado es el «párpado de cabra». Parece ser que en el siglo XII fueron monjes budistas quienes dieron a conocer a los emperadores mongoles un dispositivo conocido como «párpado de cabra» o «anillo de la felicidad». Según diversas fuentes, se trataba de un dispositivo genital fabricado con pestañas de cabra que sobresalían por orificios hechos en un anillo metálico y que se colocaba alrededor del glande. Su función era estimular con el roce de las pestañas caprinas la entrada de la vagina y el clítoris de la mujer durante el coito. Hoy día, las pestañas de cabra, un artículo a todas luces laborioso de conseguir, han sido sustituidas por cerdas blandas de plástico o goma. Y es que, en esto de la alta tecnología erótica, hay que reconocer que la cultura occidental se lleva la palma con holgura. De algo nos tenía que servir tanto progreso y tanta «civilización» sublimada respecto al sexo.

No vamos a aburrir al amable lector con un listado de dispositivos y juguetes sexuales. Una corta y rápida navegación por los catálogos de los hipermercados del sexo en internet o la consulta del ya citado libro de Pilar Cristóbal podrán saciar las expectativas del más antojadizo en lo que a juguetes eróticos se refiere. Pero, a modo de muestra ilustrativa de hasta dónde hemos llegado —por el momento—, nos limitaremos a citar algunos de los que hemos encontrado y nos han parecido más novedosos y hi-tech. Contamos, por ejemplo, con un consolador formado por una lengua de látex dotada de movimiento, tanto hacia arriba y abajo como hacia los lados, y que se autolubrica. También está el kugel, un dispositivo compuesto por una serie de bolas cada vez más pesadas (en total unos 1,4 kilos) que sirve para entrenar los músculos vaginales o del recto y que no pierdan tono. El mercado también nos ofrece el Hi-tech Vibrapanty, un estimulador del clítoris que funciona con pilas y que se adosa a la ropa interior; se puede activar a voluntad de la propietaria en cualquier situación de nuestra estresante vida diaria, ya que queda oculto por la ropa y «no se nota nada», que diría un anuncio publicitario del sector «higiene íntima femenina».

Otro medio masivo de placer y excitación sexual propio de nuestro ámbito cultural es, sin lugar a dudas, el cine pornográfico. Estas películas que, parafraseando a Luis G. Berlanga cuando se refería a la literatura erótica, se ven con una mano (la que maneja el mando a distancia), son en la actualidad una pujante industria. Así lo demuestran las cifras aportadas por Jesús Rodríguez en su artículo «El negocio del porno» (EPS, El País Semanal, 20 de enero de 2002). La pornografía mueve cada año en el mundo 60 000 millones de euros, de los cuales un 40 por ciento procede de la venta y alquiler de vídeos. De la pornografía vive un gigantesco número de productoras, distribuidoras, cines, videoclubes y sex-shops, así como páginas web, plataformas televisivas y empresas de pago por visión que ofrecen sus servicios en cientos de miles de habitaciones de hotel. Rodríguez cita a la revista Forbes para confirmar que el 80 por ciento de los 250 millones de clientes de hotel anuales que «compran» una película durante su estancia eligen una cinta porno.

Otro novedoso negocio y fuente de placer sexual, esta vez auricular, es el que proporcionan las líneas 906. Albert Soler (El Semanal, 24 de febrero de 2002) afirma que, según fuentes de Telefónica, tan sólo en España operan unas 6000 empresas dedicadas a «líneas calientes» y otros servicios, como el tarot, en las que trabajan decenas de miles de personas, generando unos ingresos de 180 000 euros cada mes sólo en lo que al sexo telefónico se refiere.

¿CUÁNTOS HACEN FALTA PARA HACER UN NIÑO?

Hemos ocupado un buen número de páginas dedicadas a nuestra propia satisfacción y estamos olvidando que uno de los objetivos del matrimonio —sea cual fuere la fórmula y el número de parejas que se hayan elegido— es procrear y sacar adelante hijos sanos y fuertes. Sin embargo, la relación causa-efecto entre sexo y embarazo no es tan automática ni generalizada como pudiéramos imaginar.

La relación de supersticiones, tradiciones y creencias sobre el tema es muy variada. Comencemos con los pueblos más radicales: los áranda de Australia, los tobriand de Papúa-Nueva Guinea, o los habitantes de las islas Yap, en Micronesia, simplemente, niegan que la participación del varón sea necesaria para la procreación.

Por su parte, los buka, de las islas Salomón, creen que el recién nacido se forma únicamente a partir de la sangre de la madre, sin que el semen sea factor decisivo en este proceso. Lo que sí consideran decisiva es la penetración, pues, de acuerdo con su imaginario cultural, se encarga de desencadenar el proceso de la procreación. Y tienen pruebas para defender tal aserto. Esgrimen el caso de un convecino al que se le ulceró el pene tan gravemente que acabó perdiéndolo. Ni corto ni perezoso, el mutilado se puso manos a la obra y se fabricó un pene de madera con el que siguió copulando con su mujer, que le dio muchos hijos, para alegría del buen hombre. Y de algún vecino de su tribu, pensamos nosotros, feliz por lo bien que funcionaba el consolador de madera, que se merece tal denominación por doble motivo, pues consuela a los dos cónyuges.

Muchos otros pueblos creen que la concepción se produce después de varias cópulas. Los wógeo de Papúa-Nueva Guinea afirman que el feto procede de la mezcla de la sangre menstrual y el semen. Por tanto, el coito debe repetirse varias veces para que, así, el semen obture el canal que comunica con el útero y, de este modo, impida que la sangre se pierda.

Los yanomamö, de las selvas venezolanas y brasileñas, creen que, para que un niño crezca fuerte y sano, la futura madre debe copular con varios hombres durante el embarazo. Pero, a la vez, el adulterio es cosa muy seria entre ellos y si una mujer es descubierta con otro por su marido se arriesga a recibir una paliza. Además, amante y marido se las verán en el campo del honor tras retarse a duelo. Así pues, si eres una mujer yanomamö y estás embarazada, se te presenta una grave disyuntiva. Lo que nos dicen las fuentes es que son madres consecuentes, serias y muy responsables. Así que se acuestan con todos los hombres que pueden, dispuestas a arrostrar las iras de sus maridos en aras del porvenir de sus hijos. Pero ¿qué no haría una madre por el bien de su hijo?

El tema del adulterio también resulta crucial, para bien o para mal, en el embarazo y el honor de las mujeres ngonde, de Malaui. Este pueblo piensa que si una mujer se queda embarazada después de realizar un solo acto sexual con su marido, éste la acusará de adulterio con toda razón, pues creen que son necesarias varias cópulas para concebir un niño. Por el contrario, los indios nam de Guatemala creen que una mujer que copula regularmente con su marido durante dos o tres años y no se queda embarazada es una adúltera, pues sostienen que tener varios amantes impide la procreación. Los brasileños kubeo prefieren no andarse con dudas, cuentas y paños calientes. Directamente prohíben a las mujeres embarazadas mantener relaciones sexuales. Es una medida comprensible, si tenemos en cuenta que creen que con cada cópula un nuevo feto se apila en el interior de la madre. Por tanto, una embarazada rijosa kubeo corre el certero riesgo de acabar estallando.

Para cerrar este tema de los números y el embarazo, citaremos a los surafricanos kgatla, del grupo de los tswana, quienes creen que, para que la concepción se produzca, son necesarias tres o cuatro noches consecutivas de copulación. Consecuentemente, aquellas parejas que no quieren tener hijos adoptan precauciones sólo durante la tercera o cuarta noche, descubriendo a veces, para su sorpresa, la poca utilidad de las mismas.

Existen dos culturas, una en el Cáucaso y otra en la India, que han solucionado el tema de la procreación con una figura singular: el «sembrador de semilla». En el Cáucaso es costumbre casar a niños de corta edad con mujeres adultas. Al padre del niño se le permite copular con su nuera, al menos, hasta que el hijo alcanza la mayoría de edad. Sin embargo, la prole que suegro y nuera engendren pertenece «oficialmente» al niño o, a veces, a ambos. Así pues, bien podría decirse que el padre/suegro se limita a «sembrar la semilla». La costumbre de los «sembradores» la podemos encontrar en otras culturas donde, por ejemplo, «echaban un capote» a personajes influyentes o poderosos que sufrían de impotencia. La mejor prueba de que existía esta costumbre es que la ley musulmana lo prohíbe. Gregersen encuentra cierta relación con el denominado «matrimonio fantasma», una costumbre sancionada en la Biblia. Consistía en que, si un hombre casado moría sin descendencia, su esposa podía copular o casarse con otro hombre. Pero el primer hijo que naciese de esta unión se consideraba descendiente de su primer marido.

Diversos grupos del sur de la India observan una costumbre matrimonial muy similar a la que practican en el Cáucaso. En la zona de Kerala, se suele desposar a un niño con una mujer adulta, pero es el suegro de la novia quien, en funciones de «sembrador de semilla», mantiene relaciones sexuales regulares con la recién casada. Los hijos que nazcan de esta unión pertenecen al hijo-esposo. De hecho, en uno de estos grupos, los reddi, el marido oficial nunca llega a consumar su matrimonio, ni siquiera cuando es mayor de edad, sino que inicia relaciones con la esposa de cualquier otro niño-esposo pariente suyo.

LOS «NI-HOMBRES-NI-MUJERES»

Teriki tenía unos once o doce años cuando se dio cuenta de que quería ser mujer. Tuvo suerte. Había nacido en un lugar, la isla de Hiva Oa, en el archipiélago de las Marquesas, donde su elección es vista con total normalidad. Teriki contó su historia al escritor Mario Vargas Llosa, gracias a cuyo artículo para El País «Los hombres-mujeres del Pacífico» (2 de febrero de 2002) hemos podido saber de su peripecia vital. Los padres de Teriki le apoyaron desde el primer momento, vistiéndole y tratándole como una mujer. Teriki es uno más de los mahu, los «hombres-mujeres» que forman parte de las culturas del Pacífico desde tiempo inmemorial y viven en su seno con absoluta normalidad. Vargas Llosa cree ver, a la sombra de estos mahu, a los modelos que pueblan los cuadros de Gauguin, tanto si son mujeres de sólidos muslos y anchas espaldas «… tan bien posesionadas de la tierra» como si se trata de lánguidos jóvenes que adornan sus cabelleras con diademas de flores y que «a la vez que se estiran para coger los frutos de los árboles, parecen exhibirse». Lo que define socialmente a un mahu no es cómo o con quién se acuesta, sino el hecho de que es la feminidad la opción vital que ha elegido para su vida. Por esto y por la mancha de prejuicio y discriminación que, en su opinión, todavía tiene entre nosotros la palabra, Vargas Llosa considera arriesgado equiparar mahu con homosexual. De hecho, Teriki confesó que sólo tuvo problemas, debido a su condición, con una persona: el «simpático padre Labró, de la misión católica». Teriki y otros mahu se tomaron la molestia de explicar largamente al páter sus costumbres y opiniones, hasta que éste, parece ser, acabó por aceptarlas.

Lamentablemente, una actitud tan abierta y tolerante no es la más frecuente entre la jerarquía eclesiástica y las mentes bienpensantes en general. En lo que les debió parecer un alarde de consideración por su parte, estos grupos de poder han llegado a definir la homosexualidad como «un fenómeno diverso», ya que, según ellos, carece de «capacidad natural de transmitir la vida». Así aparece en una misiva reprobatoria enviada en abril de 2002 a los diputados de la Asamblea de Madrid por el Consejo Diocesano de Laicos, dependiente del arzobispado de Madrid, en la cual se protestaba contra la aprobación de una ley de parejas de hecho, hetero u homosexuales. Nos asalta la duda de que se trate de una errata o una nueva traición del diabólico corrector ortográfico del ordenador —tal vez quisieron escribir per-verso en vez de di-verso—, o bien de un salto gigantesco hacia la tolerancia y la equiparación; pues, para «fenómeno diverso», el sacramento del sacerdocio, si de «capacidad natural para transmitir la vida» se trata.

A estas alturas de nuestro azaroso viaje quizá a más de uno le resulte ociosa la reiteración, pero lo haremos de todas formas, aunque esta vez con palabras de Marvin Harris: «Dudo […] de que existan en absoluto modos de sexualidad humana obligatorios [o prohibidos, nos permitimos acotar al maestro] fuera de los impuestos por prescripción cultural». En lo que respecta a la homosexualidad, el propio Harris afirma que, según un estudio, la mayoría de las sociedades —en torno a un 64 por ciento— no se preocupan por inculcar a sus niños la aversión hacia la homosexualidad y o bien toleran o bien alientan efectivamente algún grado de comportamiento homosexual junto al heterosexual.

Si la investigación antropológica sobre el comportamiento sexual humano debe pertrecharse contra los prejuicios y apriorismos tanto de los estudiados como del propio investigador, en el caso de la homosexualidad hay que ser aún más escrupuloso y desinhibido si cabe. Se conoce mucho mejor la homosexualidad masculina que la femenina: ¿por qué? Varios autores coinciden en afirmar que este aparente desinterés se debe a que el lesbianismo, en Occidente, se ve reducido a la clandestinidad y al rechazo social y se condena con más dureza que la homosexualidad masculina. Baste recordar la anécdota según la cual la reina Victoria se negó a firmar una ley condenatoria de los actos lésbicos. Como les dijo a sus ministros, una reina del Imperio Británico no podía hacer el ridículo legislando contra algo que no existía.

Judíos y musulmanes también condenan la homosexualidad y cualquier otra actividad sexual no encaminada a la procreación. Sin embargo, en el Corán no aparece ninguna sanción para los actos homosexuales, por lo que se puede colegir que fue considerado un pecado leve o de poca entidad. No es menos cierto que en todo Oriente Próximo se hace una abrupta distinción entre homosexual activo y pasivo. Si un varón adopta el rol activo en sus relaciones con otros hombres, su conducta no es tildada de homosexual. Sin embargo, el que un hombre adopte el rol pasivo, esto es, que haga de sustituto de la vagina, se considera especialmente vergonzoso. Así lo demuestra el hecho de que el insulto más grave que se pueda lanzar a un hombre en esta zona del mundo sea «homosexual pasivo».

Asimismo, en algunas zonas musulmanas, como Omán y otros países de la costa oriental africana, existe un cierto grado de homosexualidad y travestismo institucionalizados. Estos travestidos gozan de cierta acepción social y participan, con números artísticos, en las bodas y demás actos sociales.

En la tribu de los lango (Uganda) son comunes los varones que deciden vivir como mujeres y tienen su rol social perfectamente definido. De hecho, se visten como mujeres, contraen matrimonio con otros hombres y hasta simulan menstruaciones.

Varios pueblos de Siberia oriental cuentan con chamanes travestidos, que, en ocasiones, son considerados como pertenecientes a un tercer sexo diferenciado y gozan de enorme prestigio, pues existe la creencia de que han sido transformados por fuerzas sobrenaturales. Algunos de estos travestidos contraen matrimonio con hombres que no son como ellos y forman parejas tan duraderas como cualquier otra. Los chamanes asumen el rol pasivo. Sin embargo, en ocasiones, se buscan mujeres como amantes secretas con las que incluso llegan a tener hijos.

Otro fenómeno de actitud homosexual perfectamente integrada en el entramado de una sociedad y que protagoniza alguno de sus rituales más importantes lo encontramos en la India. Los hijras son «ni-hombres-ni-mujeres» que incluso se someten a la castración para ser admitidos en las casas de la comunidad hijra. Los o las hijras visten como mujeres, llevan el pelo largo, se depilan el vello facial, adoptan nombres femeninos y se sientan en los lugares «sólo para señoras». Incluso han realizado campañas públicas con el objetivo de ser reconocidos por la administración como mujeres a todos los efectos. Con frecuencia, se emparejan con hombres ya casados y con hijos, que les ofrecen ayuda económica a cambio de la oportunidad de entregarse a prácticas sexuales de las que sus esposas no saben —o no quieren saber— nada. Otras hijras se prostituyen, pero estas actividades no son su principal fuente de ingresos. De lo que en realidad viven es de lo que obtienen a cambio de practicar un ritual a todos los recién nacidos varones. El/la hijra inicia el ritual tomando al recién nacido en sus brazos para, a continuación, bailar con él. Otro momento importante del rito consiste en escrutar los genitales al niño. Con este gesto, creen que se atrae la fecundidad, la prosperidad y la salud tanto del recién nacido como de su familia.

No siempre un comportamiento homosexual se convierte en una opción para toda la vida. Entre los azande, una tribu sudanesa famosa por sus proezas guerreras, los hombres pertenecientes al grupo de edad de los guerreros solteros se veían obligados a vivir separados de las mujeres y necesitaban varios años para reunir el número de cabezas de ganado suficiente para casarse. Mientras no lograban ese tesoro, los jóvenes guerreros tenían relaciones homosexuales con muchachos menores de edad y pertenecientes al grupo de los guerreros-aprendices. Según Edward Evans-Pritchard, que los estudió en profundidad, se da en el seno de la sociedad azande una marcada escasez de mujeres. Las niñas son comprometidas muy pronto, a veces a los pocos días de nacer. Además, las familias reales y miembros de las clases más privilegiadas suelen poseer grandes harenes. Consecuentemente, este acaparamiento de mujeres fomentó la homosexualidad entre los varones y las mujeres. Sin embargo, mientras que la masculina estaba aceptada e institucionalizada en la figura de los «niños-esposa», la homosexualidad femenina es reprobada por todos.

Un guerrero del grupo de los solteros se emparejaba con uno de los guerreros-aprendices a cambio de pagar a sus padres una determinada dote en lanzas. Entonces, el niño pasaba a vivir con el guerrero, llamaba a su pareja «esposo mío», hacía la comida, recogía hojas para la cama, llevaba su escudo y dormían juntos. El placer sexual lo obtenían introduciendo el pene entre los muslos del niño al tiempo que éste se frotaba contra su pareja. La relación terminaba cuando el guerrero joven se casaba con una mujer, y el niño-esposa pasaba a la categoría de guerrero joven, momento en el que podía ya desposarse con su propio niño. Al ser interrogados sobre si añoraban su relación con el guerrero-aprendiz, todos los azande preguntados contestaban que preferían sin duda el sexo con mujeres. Gregersen apunta tres razones para el paulatino declive de esta costumbre azande, paralelo al proceso colonizador. Por un lado, puede apreciarse la descomposición de la moral tradicional debido a la influencia externa; y, además, hay que contar con la supresión de los severos castigos que conllevaba el adulterio y la mayor facilidad con la que los jóvenes podían contraer matrimonio con mujeres.

Por lo que respecta a las mujeres azande, su situación era bastante más desagradable y hasta peligrosa. Las esposas de los harenes se sentían insatisfechas, pero como los adulterios eran muy rigurosamente castigados, los jóvenes solteros preferían no jugársela colándose en el serrallo. El castigo para el infractor podía ser una multa muy severa o algo peor: la muerte. A las mujeres les quedaba el recurso de mantener relaciones sexuales con sus compañeras de harén, pero, entonces, se enfrentaban a la superstición. Los azande sienten un temor reverencial a las lesbianas, pues se las asocia con la peor de todas las criaturas malignas, las adandaras. Estas imaginarias gatas salvajes, que habitan en la profundidad de los bosques, son tan peligrosas que sus lamentos pueden matar a un azande. De hecho, llevan colgados del cuello unos silbatos y los hacen sonar para protegerse del maullido letal. Otro fatal error es sorprender a esta criatura amamantando a sus retoños. Cuenta una leyenda azande que el rey Bazinbi murió por haber contemplado dicho espectáculo. En cierta ocasión, abrió la puerta de la cabaña perteneciente a una de sus esposas, Naduru (que también era su hija), y contempló horrorizado cómo se escapaba una gata. Por supuesto, la esposa fue ejecutada en compañía de sus dos hijos. Hoy, a las mujeres que practican el lesbianismo se les expulsa del hogar real.

Las circunstancias económicas o sociales también influyen en ciertos casos de relaciones lésbicas. Se han documentado, por ejemplo, en la isla caribeña de Carriacou. El hecho de que los maridos emigrasen durante gran parte del año hacía que las casadas maduras se llevaran a vivir con ellas a una joven soltera con la que compartían el dinero que les enviaba el marido a cambio de favores sexuales y apoyo sentimental. Algo parecido sucede en Suráfrica, donde lo denominan «jugar a mamás y bebés».

La tribu de los iatmul, instalada al sur del curso del río Sepik, en Papúa-Nueva Guinea, celebra una ceremonia, el Naven, en la que se produce un curioso intercambio de roles. Tuvimos por primera vez noticias de este grupo en la década de los treinta, gracias al antropólogo Gregory Bateson, quien remontó el río Sepik para estudiar a esta tribu de «gentes hermosas y fieras que practican la caza de cabezas». Cuando un joven mata a un hombre, un cocodrilo, o un cochino salvaje, su tío materno, el wau, se disfraza de viuda ridícula y lúbrica. Se revuelca por el suelo ante su sobrino, abriendo las piernas, que después utilizará para frotarle las nalgas, imitando los movimientos del coito y el parto. En las grandes ocasiones, las mujeres rodean a la pareja de hombres. Pero ellas van disfrazadas con falsos adornos viriles con los que imitan la cópula. El tío travestido llega al punto de hacerse sodomizar por ellas tras introducirse en el ano un pequeño fruto naranja con el que se simula un clítoris. Más allá de la bufonada, más o menos indecente, Levi-Strauss ve en el Naven un teatro de signos en el que se invierten las perspectivas del mundo. Se caricaturiza a las mujeres, sí, pero éstas pagan con la misma moneda, riéndose del arrogante guerrero. El gran héroe desprecia a la mujer que se le entrega, se somete a sus deseos. Pero las mujeres dicen con sus gestos y disfraces que no es para tanto, imitando las fanfarronerías y patochadas de los machos.

En esto de fanfarronear y afirmar la propia virilidad a golpes sobre los que no se adecuan a la norma nos volvemos a llevar la palma. Vargas Llosa se hace eco de la llegada de la homofobia y el machismo occidentales a la Polinesia en forma de bandas nocturnas de matones ansiosos por encontrar a un mahu a quien hostigar. Vargas Llosa también se encontró con los rae rae, a quienes define como alejados de los mahu, por cuanto son un fenómeno urbano y moderno, más cercano a nuestros/as drag queen. Mientras que la existencia de los mahu se asienta en la tradición y están perfectamente integrados socialmente, los rae rae viven en los márgenes prostibularios y noctámbulos de su comunidad. Aunque para los rae rae existe una gran diferencia entre vivir en su isla y hacerlo entre nosotros. Uno de ellos, que había trabajado como modelo en París, dejó boquiabierto al autor peruano cuando le confesó: «¡Es mil veces preferible ser prostituta en Papeete que modelo en París!».