La época nefanda en que vivimos
Sí. Lo confieso. Fui yo, Willard Pogrebin, hombre de trato apacible y en otro tiempo de brillante porvenir, quien disparó contra el presidente de los Estados Unidos. Por fortuna para todos los interesados, uno de los muchos espectadores presentes desvió de un empellón la Luger que yo empuñaba, y la bala fue a dar contra una enseña de las hamburguesas McDonald, y de rebote le acertó a un bratwurst de las salchicherías Himmelstein Emporium. Tras un pequeño forcejeo, durante el cual varios agentes del F.B.I. me hicieron un nudo de marinero en la tráquea, fui reducido y se me llevaron para someterme a observación.
¿Que cómo llegué yo a semejante extremo, me preguntáis? ¿Yo, una persona sin convicciones políticas declaradas; cuya ambición desde la infancia era tocar a Mendelssohn en el contrabajo, o tal vez bailar de puntas en las grandes capitales del mundo? El caso es que todo comenzó hace dos años. Me acababan de licenciar, por motivos médicos, del ejército, a consecuencia de ciertos experimentos científicos efectuados sobre mi persona sin yo saberlo. Concretamente, a unos cuantos compañeros y a mí nos habían alimentado con pollo relleno de ácido lisérgico, como parte de un programa de investigación para determinar qué cantidad de LSD puede ingerir una persona antes de que intente echarse a volar sobre el World Trade Center. Como la puesta a punto de armas secretas es de suma importancia para el Pentágono, la semana anterior me habían disparado un dardo, cuya punta emponzoñada me hizo hablar y comportarme igual que Salvador Dalí. Los efectos secundarios acumulados acabaron por afectar a mi percepción, y cuando ya no fui capaz de discernir la diferencia entre mi hermano Morris y dos huevos pasados por agua, me licenciaron.
Una terapia de electroshocks en el Hospital de Veteranos contribuyó a curarme, aunque los cables se cruzaron con los de un laboratorio de psicología conductista, por lo cual yo y una compañía de chimpancés representamos El jardín de los cerezos en perfecto inglés. Solo y sin un dólar después de que me licenciaran, recuerdo que hice autoestop para ir al oeste y que me recogieron dos naturales de California: un joven carismático con una barba como la de Rasputín y una muchacha carismática con una barba como la de Svengali. Yo era exactamente lo que andaban buscando, me explicaron, pues estaban en vías de transcribir la Cábala en pergaminos y se les había acabado la sangre. Quise explicarles que yo me dirigía a Hollywood en busca de un trabajo honrado, pero la combinación de sus miradas hipnóticas y la hoja de un cuchillo grande como un remo me persuadieron de su sinceridad. Recuerdo que me llevaron a un rancho desierto donde unas cuantas chicas hipnotizadas me forzaron a ingerir alimentos orgánicos, para intentar luego grabarme en la frente el signo del pentagrama con un hierro de marcar. A continuación asistí a una misa negra, en la cual acólitos encapuchados y adolescentes entonaban las palabras «Oh, cielos» en latín. Recuerdo asimismo que me hicieron tomar peyote y cocaína, e ingerir una sustancia extraída de cactos hervidos, y mi cabeza empezó a girar sobre sí misma como un disco de radar. No se me alcanzan otros detalles, pero mi cerebro quedó obviamente afectado, por cuanto dos meses más tarde me detuvieron en Beverly Hills por intentar casarme con una ostra.
Libre ya de la vigilancia policial, mi único pensamiento era alcanzar una cierta paz interior, para proteger lo que quedaba de mi precaria cordura. Más de una vez me habían abordado en plena calle ardorosos prosélitos, para que buscase la salvación en la fe junto al Reverendo Chow Bok Ding, un carismático de cara redonda como la luna llena, que aunaba las enseñanzas de Lao-Tsé con la sabiduría de Robert Vesco. Un hombre estético que había renunciado a todas las riquezas mundanas superiores a las poseídas por Charles Foster Kane, el Reverendo Ding aspiraba a dos modestos objetivos. El primero era el de inculcar a todos sus discípulos los valores de la oración, el ayuno y la fraternidad, y el segundo llevarles a la guerra santa contra los países de la NATO. Después de asistir a varios de sus sermones, advertí que el reverendo Ding preconizaba por encima de todo una lealtad de robot y que toda disminución en el fervor ciego de sus fieles le indisponía seriamente. Cuando declaré que, a mi entender, se pretendía sistemáticamente convertir a los seguidores del reverendo en zombies sin voluntad, mi opinión fue interpretada como una crítica. Momentos después me vi asido vivamente por el labio inferior y arrojado a una celda penitencial, donde varios favoritos del reverendo, que parecían luchadores de kárate, me sugirieron que reconsiderase mi postura durante unas cuantas semanas, sin fútiles distracciones tales como agua o alimentos. Para subrayar el sentir general de disgusto provocado por mi actitud, un guante lleno de monedas de veinticinco centavos fue proyectado contra mis encías con neumática regularidad. Irónicamente, lo único que impidió que me volviera loco fue la repetición constante de mi mantra privado, que era «Yujúuu». Finalmente, el terror me arrastró y empecé a padecer alucinaciones. Recuerdo haber visto a Frankenstein paseándose por Covent Garden con una hamburguesa sobre patines.
Cuatro semanas más tarde recobré el conocimiento en un hospital, totalmente restablecido a excepción de algunos cardenales y el convencimiento de que yo era Igor Stravinsky. Supe entonces que al reverendo Ding le había puesto pleito un Maharishi de quince años para dictaminar sobre cuál de los dos era realmente Dios y por tanto con derecho a pase para el cine Orpheum. El conflicto acabó por resolverse con la intervención del Departamento de Fraudes, y ambos gurús fueron detenidos cuando pretendían cruzar la frontera en dirección a Nirvana, México.
Para entonces, si bien ileso físicamente, yo había adquirido la estabilidad emocional de Calígula. Y para reconstruir mi destrozada psique, me apunté voluntario en un programa denominado TEP, esto es, Terapia del Ego Perlemutter, según el nombre de su carismático fundador, Gustave Perlemutter. Perlemutter había sido saxofonista bop y no se convirtió a la psicoterapia hasta la edad madura, pero su método hizo mella en muchas estrellas de cine, quienes juraban que las había hecho cambiar más rápida y profundamente que la columna de astrología del Cosmopolitan.
En unión de un grupo de neuróticos, la mayoría de ellos tratada sin éxito por métodos más convencionales, fui conducido a lo que parecía un plácido balneario. Es cierto que las alambradas de espino y los perros Doberman debieron de infundirme sospechas, pero los subordinados de Perlemutter nos persuadieron de que los gritos que oímos los proferían pacientes que practicaban el alarido primitivo. Obligados a sentarnos en sillas sin respaldo hasta setenta y dos horas consecutivas, nuestra resistencia comenzó a ceder, y Perlemutter no esperó mucho a leernos párrafos de Mein Kampf. Fue necesario todavía un tiempo para cerciorarnos de que era un psicópata total, cuya terapia se limitaba a esporádicas amonestaciones de «ánimo».
Los más desilusionados quisieron marcharse, pero no tardaron en descubrir, con gran congoja, que las cercas circundantes estaban electrificadas. Aunque Perlemutter insistía en su condición de especialista mental, pude observar que le llamaba continuamente por teléfono Yassir Arafat, y si no es por una incursión relámpago de agentes de Simon Weisenthal, no sé lo que hubiera ocurrido.
Muy tenso y comprensiblemente amargado por el curso de los acontecimientos, fijé residencia en San Francisco, ganándome la vida por el único medio a mi alcance y revendí pequeñas informaciones a los agentes federales, la mayor parte relativas a un plan de la CIA para poner a prueba la resistencia de los habitantes de Nueva York, a base de echar cianuro potásico en los depósitos de agua. Entre este trabajo y una oferta para intervenir como instructor de diálogos en una película pornográfica snuff, apenas si me defendía. Una noche, al abrir la puerta para sacar la basura, dos hombres surgieron sigilosamente de la sombra, para pasarme una funda de cómoda por la cabeza y meterme en el maletero de un automóvil. Recuerdo que me pincharon con una aguja y, antes de desmayarme, pude escuchar el comentario de que yo, por lo visto, pesaba más que Patty pero menos que Hoffa. Recobré el sentido en el interior de una oscura alacena, donde me hicieron cosquillas y dos hombres interpretaron música country y western, hasta que prometí hacer todo cuanto ellos quisieran. No estoy completamente seguro de lo que ocurrió después, y es posible que todo fuera una consecuencia de mi lavado de cerebro, pero me llevaron a una habitación donde el presidente Gerald Ford me estrechó la mano y me preguntó si yo querría seguirle a través del país para disparar contra él de vez en cuando, teniendo buen cuidado de no dar en el blanco. Me explicó que este simulacro le permitiría demostrar públicamente su valor y distraería a los ciudadanos de los auténticos problemas, a los cuales se sentía incapaz de enfrentarse. Yo estaba tan sumamente débil, que dije sí a todo. Dos días más tarde el incidente de las salchicherías Himmelstein Emporium tenía lugar.